sábado, 24 de marzo de 2007

El silencio absoluto

Era un domingo de junio, y como todos los domingos Alejandro estaba en su cama, ya despierto desde hace un buen rato. Él pensaba en el estrepitoso ruido que producía la música de la casa de su amiga y vecina, su pensamiento se fue desviando hasta que llegó a una determinación que se convirtió en obsesión esquizofrénica: él decidió vivir unos minutos en el silencio absoluto, cueste lo que le cueste.
Lo primero que tenía hacer es deshacerse de la música de su vecina, pero como en otras ocasiones le había pedido que baje el volumen y ella lo que hacías es lo contrario, decidió hacer una pequeña –o talvez no tan pequeña- travesura. Alejandro buscó un alicate, lo encontró y se dirigió a la casa de al lado (donde vivía la mujer que escuchaba esos alaridos que se disfrazaban tras el nombre de canciones). Hizo una maniobra extraña para abrir el medidor de luz y cortó uno de los cables, huyó rápidamente hacia su casa.
Al echarse en el sofá, sintió un sonido, como el de un pequeño martilleo sobre una superficie de metal. Era el goteo del caño sobre la tapa de una olla que el día anterior dejó en el lavabo. Los ojos de Alejandro estaban rojos de ira, la furia que le ocasionaba el no poder alcanzar el silencio total. Nadie sospechaba que un hombre tan calmado y recatado sufría de locura, de rabietas como ésta, de caprichos que cumplía aunque la muerte amenazara con impedírselo. Corrió iracundo para solucionar el problema de la gotera.
“Menos mal que mi casa está en una calle no muy transitada por los carros, además en el centro de este solar, de este manera no me molesta el caos limeño”, pensó.
Alejandro sintió un sonido del reloj de la pared, inmediatamente cogió un libro grueso (uno de los tantos que tenía regados por toda su desordenada casa) y lo aventó contra el reloj, éste cayó y se rompió.
El silencio absoluto parecía haber llegado, cuando tocaron la puerta. Era su vecina, quien le preguntó si había visto a alguien que haya cortado los cables eléctricos de su medidor. Alejandro dijo que había visto a unos muchachos drogados por allí y cerró la puerta de una manera cortante.
Se tumbó nuevamente en el sofá hasta que escuchó el canto de los pajarillos que llegaron a desesperarlo, a desquiciarlo y empezó a destrozar todo lo que veía: los cuadros, los floreros, los ceniceros (que eran muchos), los espejos.
Llorando de rabia sobre aquel sofá, se dio cuenta que podía atenuar su sufrimiento, que no era necesario que el mundo esté en silencio sino que él podía taparse los oídos. “¿Por qué el hombre se complica la vida tratando de cambiar lo demás cuando la satisfacción puede estar en un cambio interno?”, se dijo aliviado. Entonces se metió los dedos meñiques en los oídos pero aún lograba escuchar rastros de algunos sonidos desfigurados, por lo que se hizo unos tapones con plastilina. Ya no le importaba su salud, la esquizofrenia no le permitía ver los peligros de su caprichosa determinación de vivir un instante de silencio absoluto.
Luego de esto, Alejandro se relajó tan profundamente que se sentía la paz, que lo físico era solo una impresión y que lo espiritual primaba en una realidad que el estaba por descubrir; pero empezó a escuchar el sonido de su organismo: su corazón que latía lentamente, su digestión, su respiración. Él aún estaba inconforme, pese a la paz en la que se encontraba. Se levantó del sofá casi inconscientemente, cogió su correa, se la colocó en el cuello y fue ajustándola lentamente, decidió acabar con el ruido desorganizado de su cuerpo.
No escuchó más.

jueves, 8 de marzo de 2007

La belleza de María

Cuando acabó la clase de inglés, me acordé que no tenía dinero para mi pasaje de regreso a casa. “María debe estar en la cafetería, le pediré a ella que me preste un Sol”, pensé. Cuando llegué a la cafetería me di con la sorpresa de no encontrarla allí. “¡Qué extraño!, ¿por qué no habrá venido? Ella casi nunca falta a sus clases de italiano pero ya dejó de asistir a las clases de inglés, aunque desee hacerlo. Lo peor de todo es que me tendré que ir caminando a mi casa”, reflexionaba yo mientras me sentaba en una de las mesas, fastidiado por tener que caminar desde San Isidro hasta Barranco.
En eso llega María con cara de pocos amigos.
-¿Por qué llegaste tarde, amiga? –la saludé afectuosamente, y decidí terminar con tono de broma- hoy te quiero más porque necesito de tu ayuda.
-¿En qué puedo ayudarte?
-Necesito que me prestes un Sol para ir a mi casa.
Sacó un pequeñísimo monedero que tenía en el bolsillo de su pantalón y me dio lo que le pedí.
-¿Qué te pasa? Te veo un poco extraña.
-Me duele la cabeza.
No quise preguntarle la causa del dolor, temía que se disgustase conmigo o que se acuerde del mal rato que le habría sucedido. Además, ella casi siempre llegaba malhumorada y luego se le atenuaba la molestia. No le di mucha importancia.
Llegó a la cafetería mi profesor de inglés, Mr. Carrillo, quien dijo:
-This woman is beautiful but not comes to class.
-She is so beautiful that she would win the contest of EIGER's beauty –contestó Mr. Alfaro, nuestro professor de básico de inglés. María solamente sonrió, al parecer solo había entendido algo del diálogo.
-A ver párate –dijo Mr. Carrillo.
-No, profe –contestó ruborizada mi amiga.
Los profesores se retiraron diciéndome que la inscriba en el concurso, como si yo fuese su representante. Dije que así lo haré sin siquiera saber si existía un concurso de belleza en la academia, pues eso no era importante sino los piropos que había recibido María: ¿En realidad ella los merecía?
Cuando llegaron sus compañeras de su curso de italiano, nos pusimos a conversar. Generalmente yo no intervengo en esas conversaciones, me gusta oír lo que ellas hablan, es muy interesante porque me hacen ver cómo piensan las mujeres. Pero esta vez era distinto, yo no me interesaba en eso sino en lo que habían dicho los “teachers”. Me puse a contemplar a María y a pensar en ella:
“Realmente ella es muy bonita, no sé cómo no me había dado cuenta antes, a pesar que me atrae de cierto modo. Pero, ¿es tan bella como para participar en un concurso? Sí.”
Observé su ordenada cabellera que cae lisamente hasta sus hombros, su fino rostro en el que hay un par de ojos marrones como la caoba, una nariz pequeña un respingada, unos labios delgados que por un momento me dieron ganas de besar. Ella es delgada, con el cuerpo con forma de guitarra. ¡Es realmente preciosa! Es un verdadero espectáculo verla y yo no me había dado cuenta hasta entonces. He aprendido a disfrutar de su presencia, ya no solo por su comportamiento sino también por su físico. Hoy nació la admiración hacia el cuerpo monumental de mi amiga, hacia la estatua humana tallada por inspiración divina de Afrodita, quien debe estar entre llantos de envidia, allá en el Olimpo.

sábado, 3 de marzo de 2007

Perú Collage

Machu Picchu, nacionalismo, el Puente de los Suspiros, el populismo barato, el prodigioso lenguaje de Valle Riestra, Ramón Castilla, el lago Titicaca, el Parque Kennedy, El Comercio, el mar más rico del mundo, los pitucos que cholean y los cholos que pituquean, el antichilenismo, Sendero Luminoso y el MRTA, barras bravas, pirañitas, Haya de la Torre y El Amauta, las playas (desde las de Asia hasta Agua Dulce), Piratas en el Callao, la cordillera de los Andes que es cada vez menos cordillera, los anticuchos, la Papa a la Huancaína, el río Amazonas, Yuyachkani, etnocacerismo, Fujimori, Sacsayhuman, Piérola, Leguía, San Juan de Miraflores y de Lurigancho, Kenji y su perro, las rejas inconstitucionales de algunas calles, la discriminación, César Hildebrandt y su “querida” hermana Martha, los adoradores del Punk de la avenida Quilca, Pachacútec, Bolognesi, el Presbítero Maestro, yo, mi casi amor Samantha, los mantos paracas, Jaime Bayly, Huaraz, los chavín, las muchas catedrales de las muchas plazas de armas, los Baños de Cajamarca, las constituciones que son tantas como los caudillos que pasaron por el Gobierno, Miguelito Barraza, Gonzáles Prada, Vargas Llosa, la avenida Larco, Líbido, la Costa Verde, las Líneas de Nazca, los manglares de Tumbes, la llegada de los circos en fiestas patrias y la creación de seudo-circos (por ejemplo: el circo de la Paisana Jacinta, de Recargados de Risa y muchos más que exhiben a artistas de ciertos programas televisivos), los cómicos ambulantes, las estatuas humanas, el cuenta cuentos, el Perreo Chacalonero, el loco Achote, el Caballo Loco, Laura Bozzo y su mantenido, el tradicionalista Ricardo Palma, Toledo, Punta Sal, los marcianos de fruta, los “bricheros”, las tiendas de ropa de Gamarra, Puno y el contrabando, las mazamorras, el Ajá, la Chuchi, el Chuculún, el atardecer de Barranco, Marco Aurelio Denegri, la heroica Tacna, el Misti, el By-Pass de la Avenida Arequipa, el Centro Cívico, Polvos Azules, Larcomar, los piratas, Iván Thays, los cambios de guardia al medio día en la Plaza Mayor, el Pisco Sour, Chacalón, la vicuña, el árbol de la quina, la cornucopia, la hoja de coca (para bien o para mal), Juan Diego Flores, el tamal, el Parque Nacional del Manu, el doctor Fernando Maestre, el cuy, los bañistas puercos del litoral, los baches en las pistas de La Victoria, el Tenis Club, la “Urraca”, Alianza Lima, el celebérrimo Bryce, la sagrada –como decía un profesor que tuve- la sagrada San Marcos, el resucitado Deportivo Municipal, la coqueta alienación, el padre de los Humala, el grisáceo cielo limeño, el Rocoto Relleno, los ashánincas, Miguel Grau, la Virgen de la Candelaria, el Congreso y/o el Parque de las Leyendas, Genaro Delgado Parker, Yanacocha, los perros “calatos”, el “Gordo” Gonzáles, las Fuerzas Armadas (que en realidad están desarmadas), Raúl Vargas, el canal 7, Tula Rodríguez, el Pastoruri, la ciudadela de Kuélap, Hipólito Unanue, Gianmarco, los valsecitos criollos, el Río Rímac, las trabajadoras nocturnas de la Calle Caylloma, las incontables guerras civiles, los abusos a los indígenas, el humo de la Avenida Abancay, las combis asesinas, Universitario de Deportes, Carlos Álvarez, Velasco Alvarado, el VRAE, la Universidad San Martín, la elocuencia de el “Puma” Carranza, la Católica, el Almenara y el Rebagliati, Abraham Valdelomar, las alturas de Pasco, “Misterio”, Morales Bermúdez, Clorinda Matto de Turner, los olvidados, Vallejo, Vallejo y mil veces Vallejo.