Era un domingo de junio, y como todos los domingos Alejandro estaba en su cama, ya despierto desde hace un buen rato. Él pensaba en el estrepitoso ruido que producía la música de la casa de su amiga y vecina, su pensamiento se fue desviando hasta que llegó a una determinación que se convirtió en obsesión esquizofrénica: él decidió vivir unos minutos en el silencio absoluto, cueste lo que le cueste.
Lo primero que tenía hacer es deshacerse de la música de su vecina, pero como en otras ocasiones le había pedido que baje el volumen y ella lo que hacías es lo contrario, decidió hacer una pequeña –o talvez no tan pequeña- travesura. Alejandro buscó un alicate, lo encontró y se dirigió a la casa de al lado (donde vivía la mujer que escuchaba esos alaridos que se disfrazaban tras el nombre de canciones). Hizo una maniobra extraña para abrir el medidor de luz y cortó uno de los cables, huyó rápidamente hacia su casa.
Al echarse en el sofá, sintió un sonido, como el de un pequeño martilleo sobre una superficie de metal. Era el goteo del caño sobre la tapa de una olla que el día anterior dejó en el lavabo. Los ojos de Alejandro estaban rojos de ira, la furia que le ocasionaba el no poder alcanzar el silencio total. Nadie sospechaba que un hombre tan calmado y recatado sufría de locura, de rabietas como ésta, de caprichos que cumplía aunque la muerte amenazara con impedírselo. Corrió iracundo para solucionar el problema de la gotera.
“Menos mal que mi casa está en una calle no muy transitada por los carros, además en el centro de este solar, de este manera no me molesta el caos limeño”, pensó.
Alejandro sintió un sonido del reloj de la pared, inmediatamente cogió un libro grueso (uno de los tantos que tenía regados por toda su desordenada casa) y lo aventó contra el reloj, éste cayó y se rompió.
El silencio absoluto parecía haber llegado, cuando tocaron la puerta. Era su vecina, quien le preguntó si había visto a alguien que haya cortado los cables eléctricos de su medidor. Alejandro dijo que había visto a unos muchachos drogados por allí y cerró la puerta de una manera cortante.
Se tumbó nuevamente en el sofá hasta que escuchó el canto de los pajarillos que llegaron a desesperarlo, a desquiciarlo y empezó a destrozar todo lo que veía: los cuadros, los floreros, los ceniceros (que eran muchos), los espejos.
Llorando de rabia sobre aquel sofá, se dio cuenta que podía atenuar su sufrimiento, que no era necesario que el mundo esté en silencio sino que él podía taparse los oídos. “¿Por qué el hombre se complica la vida tratando de cambiar lo demás cuando la satisfacción puede estar en un cambio interno?”, se dijo aliviado. Entonces se metió los dedos meñiques en los oídos pero aún lograba escuchar rastros de algunos sonidos desfigurados, por lo que se hizo unos tapones con plastilina. Ya no le importaba su salud, la esquizofrenia no le permitía ver los peligros de su caprichosa determinación de vivir un instante de silencio absoluto.
Luego de esto, Alejandro se relajó tan profundamente que se sentía la paz, que lo físico era solo una impresión y que lo espiritual primaba en una realidad que el estaba por descubrir; pero empezó a escuchar el sonido de su organismo: su corazón que latía lentamente, su digestión, su respiración. Él aún estaba inconforme, pese a la paz en la que se encontraba. Se levantó del sofá casi inconscientemente, cogió su correa, se la colocó en el cuello y fue ajustándola lentamente, decidió acabar con el ruido desorganizado de su cuerpo.
No escuchó más.
Lo primero que tenía hacer es deshacerse de la música de su vecina, pero como en otras ocasiones le había pedido que baje el volumen y ella lo que hacías es lo contrario, decidió hacer una pequeña –o talvez no tan pequeña- travesura. Alejandro buscó un alicate, lo encontró y se dirigió a la casa de al lado (donde vivía la mujer que escuchaba esos alaridos que se disfrazaban tras el nombre de canciones). Hizo una maniobra extraña para abrir el medidor de luz y cortó uno de los cables, huyó rápidamente hacia su casa.
Al echarse en el sofá, sintió un sonido, como el de un pequeño martilleo sobre una superficie de metal. Era el goteo del caño sobre la tapa de una olla que el día anterior dejó en el lavabo. Los ojos de Alejandro estaban rojos de ira, la furia que le ocasionaba el no poder alcanzar el silencio total. Nadie sospechaba que un hombre tan calmado y recatado sufría de locura, de rabietas como ésta, de caprichos que cumplía aunque la muerte amenazara con impedírselo. Corrió iracundo para solucionar el problema de la gotera.
“Menos mal que mi casa está en una calle no muy transitada por los carros, además en el centro de este solar, de este manera no me molesta el caos limeño”, pensó.
Alejandro sintió un sonido del reloj de la pared, inmediatamente cogió un libro grueso (uno de los tantos que tenía regados por toda su desordenada casa) y lo aventó contra el reloj, éste cayó y se rompió.
El silencio absoluto parecía haber llegado, cuando tocaron la puerta. Era su vecina, quien le preguntó si había visto a alguien que haya cortado los cables eléctricos de su medidor. Alejandro dijo que había visto a unos muchachos drogados por allí y cerró la puerta de una manera cortante.
Se tumbó nuevamente en el sofá hasta que escuchó el canto de los pajarillos que llegaron a desesperarlo, a desquiciarlo y empezó a destrozar todo lo que veía: los cuadros, los floreros, los ceniceros (que eran muchos), los espejos.
Llorando de rabia sobre aquel sofá, se dio cuenta que podía atenuar su sufrimiento, que no era necesario que el mundo esté en silencio sino que él podía taparse los oídos. “¿Por qué el hombre se complica la vida tratando de cambiar lo demás cuando la satisfacción puede estar en un cambio interno?”, se dijo aliviado. Entonces se metió los dedos meñiques en los oídos pero aún lograba escuchar rastros de algunos sonidos desfigurados, por lo que se hizo unos tapones con plastilina. Ya no le importaba su salud, la esquizofrenia no le permitía ver los peligros de su caprichosa determinación de vivir un instante de silencio absoluto.
Luego de esto, Alejandro se relajó tan profundamente que se sentía la paz, que lo físico era solo una impresión y que lo espiritual primaba en una realidad que el estaba por descubrir; pero empezó a escuchar el sonido de su organismo: su corazón que latía lentamente, su digestión, su respiración. Él aún estaba inconforme, pese a la paz en la que se encontraba. Se levantó del sofá casi inconscientemente, cogió su correa, se la colocó en el cuello y fue ajustándola lentamente, decidió acabar con el ruido desorganizado de su cuerpo.
No escuchó más.