jueves, 14 de noviembre de 2013

El final de los partidos


Esta década incierta ha empezado con grandes movilizaciones en Chile, Brasil, Estados Unidos y varios países de Europa a las cuales se les denominan el movimiento de los “Indignados”. Se dan en respuesta a las taras del sistema y de la manera en la que los políticos manejan la crisis, haciendo, de diversas maneras, que los de abajo paguen los platos que los de arriba han roto.

En el Perú, hace unos meses, cuando se hizo público un audio en el que varios congresistas se repartían por bancadas los jugosos botines de los cargos para del Tribunal Constitucional, la Defensoría del Pueblo y el Banco Central de Reserva para sus allegados, se hizo notar lo más hediondo de la política peruana: la pus saltó. Los jóvenes salieron a protestar, lo cual hizo que se deshaga la denominada “repartija”.

Por otra parte, hace poco, la Comisión de Justicia de ese circo grotesco al que llamamos Congreso ha formado el grupo de trabajo de Derechos Humanos, una subcomisión encargada de revisar el Informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación y cuya coordinadora habría de ser Martha Chávez, una de las personas más intransigentes que justifican los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la nefasta dictadura de Alberto Fujimori, una congresista que causa tanto terror con sus palabras como las acciones sistemáticas que ella intenta encubrir. Esto ocurrió gracias a una artimaña entre los partidos políticos: el Nacionalismo no asistió a la sesión, de esta manera, los fujimoristas eran mayoría. Esto también ha causado la indignación de muchos y ha originado varias movilizaciones y opiniones contrarias que desembocaron en la desactivación del grupo de trabajo.

En todos los casos, nacionales e internacionales, las manifestaciones populares surgieron de la espontaneidad, fueron producidos por indignación más que por doctrina. Los partidos políticos no intervinieron ni las organizaron, al contrario, los de izquierda, esos clubcitos de amigos, se plegaron a las movilizaciones con el ánimo, quizás, de ganar adeptos, pero no fueron los verdaderos protagonistas. En ese sentido, vemos la proliferación de movimientos, colectivos y agrupaciones que se manifiestan en contra del poder político tradicional y activan en respuesta a un estímulo determinado, utilizando las redes sociales para viralizar la indignación. Esta nueva forma de activismo acabará, a la larga o violentamente, con los partidos, quienes representan intereses de grupos más que soluciones a problemas concretos, quienes siempre están dispuestos, como aves carroñeras, a sacarle el provecho al podrido sistema político que tenemos. La partidocracia es, pues, la madre de todas las "repartijas" y negociados. Basta con echar un vistazo al olvidado canal del Congreso para darnos cuenta que los votos se dan por bancadas y no por convicción propia. Pero no nos resignemos, no tiremos la toalla: la democracia no ha muerto, la democracia recién está naciendo. Los partidos y el sistema, en conclusión, tienen la misma fecha de caducidad.

jueves, 26 de septiembre de 2013

El paro y los sindicalistas

Hoy, los sindicatos harán un paro nacional. ¿Con qué finalidad? Dicen que quieren hacer que Ollanta Humala escuche sus demandas, cumpla sus promesas y regrese a la “Gran Transformación”. Desean de vuelta al caudillo que llevaron al poder tras haber creído sus balbuceantes discursos contra el sistema. ¿Será realmente ésta la finalidad del paro?

El 28 de julio, luego de la frustrada marcha hacia el Congreso del día anterior, la actitud de los sindicalistas dejó mucho que desear. La Plaza San Martín se convirtió en escenario de la más burda copia de lo que hizo Humala al prometer lo que nunca cumplió. Los representantes de cada agrupación dieron rienda suelta a la más asquerosa demagogia, al más burdo blablalá, y se abstuvieron de participar en una protesta más activa impulsada por los universitarios. “¡Aquí estamos luchando!”, decía uno en su discurso. “Hemos venido a exigirle a Humala que cumpla sus promesas”, añadía otro. Pues, ni luchaban ni exigían nada, estaban escupiendo, uno por uno, los mismos discursos —y casi con el mismo lenguaje— que se repiten desde hace 40 años. Los trabajadores acogían con entusiasmo las babas de sus representantes y así, sin secarse, se fueron a sus casas a soñar con las palabras escuchadas. Los dirigentes sindicales, muchos de los cuales tienen ya varios años en su puesto, están cayendo en la misma política que dicen aborrecer. Simplemente con discursos nunca se ha cambiado nada. ¿De qué vale gritar “abajo el sistema” si nada se hace para traerlo abajo?

La solución para que las demandas populares sean escuchadas y resueltas, para que haya un verdadero cambio en el sistema es simple: materializar los verbos con acciones concretas, tener los cojones (y ovarios) bien puestos y salir a darle vuelta al sistema. ¿Cómo se hace eso? Bueno, con diálogo no se hace.

domingo, 8 de septiembre de 2013

El terror y el sistema

La derecha y los grandes grupos de poder económico, a través de sus medios de comunicación, han creado la paranoia de que Sendero Luminoso está renaciendo a través del Movadef, que está tomando las universidades y capta a los estudiantes como si éstos fueran las ratas de Hamelin. Lo mismo dicen de los sindicatos. Pero esa es una realidad inventada. Son muy pocos los estudiantes y trabajadores que consideran que la forma de reconciliar al país es una amnistía general y son menos aún los que creen en el Pensamiento Gonzalo; pero, a pesar de su cantidad, son utilizados como pretexto perseguir a las personas o agrupaciones que están en contra del status quo, vinculándolos con el terrorismo, de esa manera, buscan inmunizar el orden establecido ante cualquier crítica. Es obvio que la generalización no es ingenua.

Pero, ¿cómo no van a existir personas a las que les apeste este sistema, la realidad peruana?; ¿no es repudiable que en nuestra democracia, en teoría, existen la libertad de reunión, el derecho a la privacidad y autonomía universitaria, pero, en la práctica, se espían a los estudiantes universitarios?; ¿cómo no puede asquear que el Tribunal Constitucional le limpie las manos ensangrentadas a Alan García declarando que la matanza de El Frontón no es un delito de lesa humanidad?; ¿no es hediondo oír miles de veces que mantener el sagrado modelo económico neoliberal nos sacará del subdesarrollo cuando, en realidad, es la causa de que la desigualdad crezca sin parar desde la última década del siglo XX?; ¿acaso no indigna saber que la bonanza económica es como el vestido del emperador, pues, nos dicen que es cierta y bella pero, en realidad, no existe?; ¿no es vomitivo ver cómo los medios de comunicación ocultan el hambre que existe en el país y promocionan Mistura?; ¿no causa rabia que, desde que la invasión en el siglo XVI, América no ha sido realmente libre y que el sistema sigue siendo opresivo contra quienes les pertenece esta tierra?; ¿no causa vergüenza ajena ver la indignación de los peruanos por un mal arbitraje en un partido de fútbol y están adormecidos frente a la injusticia social?; ¿cómo no puede ser aborrecida la hipocresía con la que muchas personas comentan que es una pena que el frío traiga a la muerte consigo en la puna, que hay que ayudar a nuestros hermanos, mientras lo que realmente hacen es adquirir ropa que cuesta diez veces más de lo debido solo para vestir el ego?; ¿no desespera ver cómo la atención de la gente es atrapada por los escándalos de algún personaje en busca de titulares en lugar de serlo por todo lo anteriormente mencionado? ¿Esto es democracia?

Las grandes mayorías no solo son explotadas, reprimidas e idiotizadas por los medios, sino también les imponen cómo deben de pensar, es decir, deben creer que el Perú es el mejor de los paraísos. Es lo único que aceptan, lo demás es terrorismo. En realidad, los grandotes siempre han tenido el terror de que la población abra los ojos y reclame lo que es suyo, siempre han tenido el terror ante la justicia social y la equidad.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Prosperidad siempre falaz

Raimondi decía con mucha razón aludiendo a las riquezas naturales que “el Perú es un mendigo sentado en un banco de oro”. El problema es que se lo están birlando descaradamente y corre el peligro cercano de hasta quedarse sentado en el frío suelo.


Desde que a este país le pusieron el nombre —mejor dicho, desde que España lo invadió y saqueó a su antojo—, no ha llegado a autosostenerse, a pesar de que la Naturaleza ha sido generosa con él. No es necesario ser un experto en Economía para poder darse cuenta de que el camino para poder desarrollarnos es aprovechar de manera responsable los recursos de la sierra y de la selva —incluyendo, como no, la fertilidad de la tierra— e industrializar la costa. De esa manera, garantizamos los productos de nuestro consumo y no hacemos ricos a otros países a costa de nuestra pobreza.

Si el Perú no deja de ser un simple exportador de materias primas, siempre su bonanza va a depender de los precios internacionales de las mismas y su desarrollo nunca llegará. Sin embargo, si desarrolla su propia industria, podrá volar con sus propias alas. Pero no sucede así. Son las grandes transnacionales quienes se llevan nuestras riquezas y producen mercancías con las que abastecen el mercado de sus países y terminan vendiéndonos las sobras, y con valor agregado. Cada vez que hay algo de intención de que el Estado intervenga en el mercado para corregir errores como el señalado, la derecha pega el grito en el cielo y reclama las libertades económicas como verdades absolutas. Entonces, alzan su voz a través de los medios de comunicación y hasta hablan de dictadura.

Esto se debe a que en nuestra sociedad prevalece la ideología neoliberal, que está basada en el individualismo, en la competencia desigual, en la economía del chavetazo, de la carrera en la que, por ganar, hay que meterle cabe al otro. No se tiene una visión de país sino una visión exclusivamente (y excluyentemente) del individuo, del yo. A las élites de poder económico solo les interesa beneficiarse cada vez más, quieren seguir desvalijando el país a expensas de los demás peruanos, pues, cualquier modificación, por pequeña que sea, es considerada una ofensa a la —quizás mal llamada— democracia.

¿Y qué hace el Estado? ¿Se digna en defender la verdadera democracia como gobierno de las mayorías? ¿Acaso combate la falsa libertad de prensa y se pone fuerte ante la basura esparcida por los medios para mantener la injusta realidad? Nada de eso, solamente atina a vigilar que esta situación continúe. El comandante Ollanta Humala se comporta como el perro guardián del status quo mientras que en el país gobierna la pandilla de la Confiep, ese club de amigos que hace y deshace el Perú a su conveniencia.

Resulta que la cornucopia se devalúa, que el Perú deja de ser la tierra prometida, que nuestra economía se desacelera, que el precio de los metales está bajando. Humala, con aire conciliador, declara que desea aliarse a la mafia aprofujimorista para enfrentarla. Como si no supiéramos que la solución que darán es la de siempre: ajustar al de abajo para que el de arriba siga viviendo holgadamente.

Ahora resulta que se nos viene la crisis…

miércoles, 24 de abril de 2013

Marionetas del sistema

Una definición acertada de terrorismo podría decir que es toda acción violenta que una agrupación organizada realiza con la finalidad de crear pánico entre la población. Por dicha razón, las víctimas de los atentados terroristas suelen ser gente inocente.

En ese sentido, no podemos negar que las bombas puestas en la Maratón de Boston hayan formado parte de un acto terrorista y, como tal, debemos condenarlo. Los medios de comunicación de todo el mundo han informado de la barbarie que se ha cometido en esa ciudad, se han indignado ante la falta de humanidad que tienen los perpetradores de dicho atentado; pero, ¿qué dicen acerca de los derechos que se violan a diario por parte del gobierno estadounidense?, ¿alguien dice algo por las invasiones en el Medio Oriente?, ¿se atreven a condenar las matanzas de mujeres y niños que comenten en sus guerras por el petróleo?, ¿por qué se acuerdan de los atentados del 11-S como el peor ataque terrorista de la Historia y se olvidan de la desaparición de dos ciudades enteras en el Japón a causa de las bombas atómicas? ¿Acaso no se ajusta todo lo mencionado en la definición dada?

Para dichos medios de comunicación o información –que más bien deberían llamarse “medios de desinformación”–, la violencia es deplorable solamente si es en contra de los países que están al servicio de los grandes grupos capitalistas. No cuestionan que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) no tenga siquiera una definición de “terrorismo” y se jacte de aprobar la invasión de países en nombre de una falsa lucha contra el terrorismo mundial; por el contrario, nos muestran una realidad en la que la ONU es garante de la paz, sin decirnos que su Consejo de Seguridad veta las sanciones a las potencias mundiales por crímenes de lesa humanidad.

Todo lo mencionado ocurre porque la prensa  y los gobiernos están sujetos a la voluntad de los grandes grupos de poder económico, los cuales son los que realmente manejan las políticas internacionales y nacionales. Ellos son quienes colocan los temas que les interesan en los noticiarios y deciden de qué manera se debe informar, es decir, estos grupos tienen la facultad de hacer pasar por verdad lo que se les venga en gana. Se les puede ocurrir que una protesta estudiantil sea calificada de terrorista y los abusos contra la población civil en la franja de Gaza sean considerados como hechos de normales de una guerra.



jueves, 7 de marzo de 2013

El mito de la prosperidad económica


Los mitos son historias o relatos fantásticos que refieren a sucesos históricos prodigiosos o fantásticos que buscan respuestas a interrogantes. Entre los mitos más conocidos podemos mencionar a la creación del Universo, que explica la existencia de nuestra realidad; tenemos también al mito o leyenda de Manco Cápac y Mama Ocllo, que responde a la pregunta acerca del origen de la civilización incaica; entre otros. En este sentido, los mitos constituyen parte del sistema de creencias de una cultura o comunidad, pues, son consideradas historias verdaderas aunque, en realidad, no lo sean.

Este texto intenta demostrar que la bonanza económica por la que atraviesa nuestro país no es más que un mito, una falacia inventada por los grandes poderes políticos y económicos con la finalidad de mantener este sistema que, en realidad, es injusto. Esta mentira es alimentada por los medios de comunicación quienes nos repiten a diario que el Perú está en constante crecimiento gracias al modelo económico instaurado por la dictadura fujimorista y continuado por los gobiernos de Toledo, García y Humala. Gracias a –o por culpa de- ello, la prosperidad económica es un mito que constituye parte de las creencias de la población peruana.

En primer lugar, debemos definir lo que es la pobreza. Según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), las personas son pobres si se encuentra bajo la denominada “línea de pobreza internacional”, es decir, si ganan menos de US$1.25 al día. La moneda estadounidense, en los últimos años, ha ido perdiendo su valor; por lo tanto, si siempre he contado con US$1.25 diarios, podré comprar menos productos que antes pero no seré considerado pobre por la ONU. Imaginemos, pues, que la moneda en cuestión se devalúe tanto que un dólar sólo nos alcanzará para comprar un pan. En ese caso, podré comprar cinco panes en cuatro días y no podré pagar nada más. No tendría dónde vivir, tomaría agua de las piletas públicas, no podría comprarme ropa ni estudiar. ¡Y dudo que me alegre por no ser pobre!

De esta manera manifestamos que no es correcto ni justo medir la pobreza dividiendo a los pobres de los que no son teniendo en cuenta una línea que, se basa en un frío valor monetario. Las monedas son cambiantes, las necesidades de las personas, no lo son. Una persona realmente es pobre si no puede carece de sus necesidades básicas (comida, salud, casa, educación, vestido, etc.), la medición debe darse en este sentido. Por lo tanto, cuando la ONU afirma que el Perú ha bajado el porcentaje de pobreza, no necesariamente es cierto, es parte de un mito.

Por otra parte, constantemente nos dicen que el crecimiento de la economía en nuestro país se ve reflejado en el incremento de la remuneración mínima vital que, en el 2006, ascendía a 500 nuevos soles y el día de hoy es de 750, esto es, se ha incrementado en un 50%. Al parecer, ésta es una buena noticia, pero si nos detenemos a reflexionar un momento, nos damos cuenta que, por ejemplo, un pan, que antes nos costaba 10 céntimos, ahora vale 15: también ha sufrido un incremento del 50%. Los peruanos ganamos más pero nos alcanza para comprar, en el mejor de los casos, lo mismo. Hemos puesto como ejemplo el precio del pan pero existen otros productos y servicios que han aumentado sus precios en mayor porcentaje: los alimentos en general, la pensión en los colegios es más cara, los impuestos se han incrementado, el pasaje, la salud, etc.

Todos sabemos que para que una sociedad sea realmente justa, los niveles de desigualdad deben ser menores. El coeficiente de Gini es el indicador que mide el grado de desigualdad en la distribución de los ingresos entre la población de un determinado país. Si el índice llega a cero (0), quiere decir que existe una igualdad perfecta, que todos las personas tienen la misma cantidad de ingreso; por otra parte, si llega a cien (100), se representa la desigualdad absoluta, es decir, que una sola persona goza de todos los ingresos en el país y el resto nada. En el Perú, desde los principios de la década de los noventa hasta la actualidad, el coeficiente Gini ha aumentado de 43.9 a 48. El ingreso per cápita del Perú en el 2008 fue de US$ 4,458 y hoy es de US$ 8,857. Podría decirse que no está mal, pues, se ha duplicado las cifras, pero éstas son obtenidas a través de un promedio. Sucede que si el promedio sube y la desigualdad aumenta, quiere decir que hay un pequeño grupo que se está beneficiando directamente con la llamada “bonanza económica”.

Pero no solo es necesario reducir el nivel de desigualdad en cuanto a los ingresos de la población. Es, además, necesario que el Estado garantice la igualdad de oportunidades con la finalidad de que no queden personas excluidas y exista un desarrollo integral para cada una de ellas. Por ejemplo, la educación debe ser gratuita y de calidad para todos los pobladores de nuestro país, en cambio, no se requiere de ningún esfuerzo para darnos cuenta de que esto no se cumple. La educación que se imparte en el distrito de Miraflores no es de la misma calidad de la de los conos de Lima, y las que se dan en otras provincias ni se asoma a la de las dos anteriores. El mismo problema sucede con la salud y otros derechos básicos.

Con todo lo señalado líneas arriba, podemos concluir, entonces, que la prosperidad económica por la que pasa el Perú es un mito, una farsa que, lamentablemente, está muy arraigada en la creencia popular. Esta mentira es impulsada por los medios de comunicación, quienes están dirigidos por esos grupos que se benefician con el sistema injusto que buscan mantener; y también son impulsadas por los políticos que no quieren perder el poco poder que les queda frente a los poderes económicos. Otro problema es la corrupción de las autoridades, que carcome tanto la economía como la institucionalidad de nuestro país; esta lacra social nos cuesta millones de soles, dinero que sale de nuestros bolsillos y se pierden en las manos de aves de rapiña oportunistas. Deberían existir sanciones mucho más severas para los corruptos. Sabemos que es difícil cambiar esta situación, que es una tarea titánica, pero debemos empezar por hacer públicas las contradicciones y sacar a la luz este tipo de falacias que mantienen engañado a nuestro pueblo, que lo adormecen con mentiras para que no reclame por un sistema más justo.

jueves, 7 de febrero de 2013

Lima, la hipócrita


Me extrañaba que, desde hace más de una semana, las personas en el Metropolitano se habían vuelto repentinamente cordiales. Los hombres le ceden los asientos a las señoritas, las sillas rojas suelen estar vacías, los que duermen se despiertan milagrosamente y se ponen de pie para que se sienten los ancianos, los que empujan y pisan se disculpan. Me extrañaba hasta que vi el video del “conchudo del Metropolitano”. Sólo es miedo a sentirse rechazado como lo fue el insolente personaje que no cedió el asiento en ese video. Todo es una farsa, todo es hipocresía.
La devoción de los limeños virreinales era tal que, cuando murió Rosa de Lima, todos querían un retazo de las ropas de la santa. El fervor religioso hizo que se le coloquen catorce nuevos vestidos al pobre cuerpo de la mujer que veneraban. Cada limeño -y limeña- demostraba, con mayor rigor que el otro, que cumplía fielmente los preceptos del catolicismo. Iban a misa, recitaban el Ángelus, rezaban rosarios, etc. Pero por las tardes, cuando el sol se hacía grande y naranja para fundirse en el mar, el amor clandestino extramatrimonial invadía la ciudad. Salían las tapadas para ver a sus amantes, y salían los amantes para amar a sus tapadas. Todo era una farsa, todo era hipocresía.
Los hijos de esta ciudad viven enamorados de las maravillas culturales que nos han dejado nuestros antepasados prehispánicos. “Machu Picchu es el Perú”, dicen. Creen que debemos revalorar lo nuestro, incluso algunos que deben haber cursos de quechua en los colegios del Estado. Es lo que dicen los hijos de esta ciudad mientras piensan a la europea y dicen “serrano de mierda” cada vez que se enojan con alguien. Todo es una farsa, todo es hipocresía.
“No puede bajar en esta esquina, no es paradero”, dice el chofer haciendo respetar las normas de tránsito. Pero cuando se trata de recoger pasajeros: “Abre nomás -le dice al cobrador-, no hay tombos”. Todo es una farsa, todo es hipocresía.