"Buenas noches, amables pasajeros. Soy un joven que estuve dos años en prisión y acaba de salir libre, pero que, gracias a Jesucristo Nuestro Señor, se ha reformado y ha podido salir del horrible mundo de la delincuencia y de las drogas. Porque, hermano, es grande la tentación del Demonio que nos arrastra por el camino de la vid fácil. Yo podría estar parado en una esquina con un cuchillo en la mano y robarle sus pertenecias a cualquier chico o chica. Pero la necedidad, hermano, es mucha y tengo que subirme a los carros a vender estos caramelos a diez céntimos, los cuales no te hacen más pobre pero a mí me servirán mucho. Tengo que alimentar a este niño. No me vayas a ignorar cuando pase por tu asiento".
La voz dijo estas palabras me despetó. El muchacho que dijo este pequeño y no muy convincente discurso tenía el cuerpo muy delgado. Su rostro tenía un corte en el pómulo izquierdo. Su cabello era largo y lacio. El niño que llevaba tenía unos seis años de edad. Tenía ojos brillantes y melancólicos que adornaban su cara sucia, su cuerpo era huesudo.
Cuando el hombre pasó por los asientos, muchos de los pasajeros no le compró ningún caramelos y los restantes simplemente lo ignoró; de modo que, al detenerse el carro delante de la luz roja de un semáforo, bajaron desconsolados.
"¡Mi billetera!", gritó un pasajero cuando yo acomodaba mi cabeza en el respaldo para volver a dormirme. "¡Ese ratero de mierda me acaba de robar!". Bajó del carro y cogió al vendedor de caramelos por el cuello y lo empujó de tal manera que éste cayó al suelo. "Yo seré mejor reformador que la cárcel, infeliz", dijo mientras lo pateaba ferozmente en la cara. El niño miraba sin parpadear cómo su padre era golpeado. Parecía estar tan sorprendido que se le había olvidado el llorar.
Desde el carro se oyó la voz de una cuarentona que decía: "Señor, su billetera está aquí, se le cayó en el asiento". La luz del semáforo cambió. Verde.