miércoles, 21 de agosto de 2013

Prosperidad siempre falaz

Raimondi decía con mucha razón aludiendo a las riquezas naturales que “el Perú es un mendigo sentado en un banco de oro”. El problema es que se lo están birlando descaradamente y corre el peligro cercano de hasta quedarse sentado en el frío suelo.


Desde que a este país le pusieron el nombre —mejor dicho, desde que España lo invadió y saqueó a su antojo—, no ha llegado a autosostenerse, a pesar de que la Naturaleza ha sido generosa con él. No es necesario ser un experto en Economía para poder darse cuenta de que el camino para poder desarrollarnos es aprovechar de manera responsable los recursos de la sierra y de la selva —incluyendo, como no, la fertilidad de la tierra— e industrializar la costa. De esa manera, garantizamos los productos de nuestro consumo y no hacemos ricos a otros países a costa de nuestra pobreza.

Si el Perú no deja de ser un simple exportador de materias primas, siempre su bonanza va a depender de los precios internacionales de las mismas y su desarrollo nunca llegará. Sin embargo, si desarrolla su propia industria, podrá volar con sus propias alas. Pero no sucede así. Son las grandes transnacionales quienes se llevan nuestras riquezas y producen mercancías con las que abastecen el mercado de sus países y terminan vendiéndonos las sobras, y con valor agregado. Cada vez que hay algo de intención de que el Estado intervenga en el mercado para corregir errores como el señalado, la derecha pega el grito en el cielo y reclama las libertades económicas como verdades absolutas. Entonces, alzan su voz a través de los medios de comunicación y hasta hablan de dictadura.

Esto se debe a que en nuestra sociedad prevalece la ideología neoliberal, que está basada en el individualismo, en la competencia desigual, en la economía del chavetazo, de la carrera en la que, por ganar, hay que meterle cabe al otro. No se tiene una visión de país sino una visión exclusivamente (y excluyentemente) del individuo, del yo. A las élites de poder económico solo les interesa beneficiarse cada vez más, quieren seguir desvalijando el país a expensas de los demás peruanos, pues, cualquier modificación, por pequeña que sea, es considerada una ofensa a la —quizás mal llamada— democracia.

¿Y qué hace el Estado? ¿Se digna en defender la verdadera democracia como gobierno de las mayorías? ¿Acaso combate la falsa libertad de prensa y se pone fuerte ante la basura esparcida por los medios para mantener la injusta realidad? Nada de eso, solamente atina a vigilar que esta situación continúe. El comandante Ollanta Humala se comporta como el perro guardián del status quo mientras que en el país gobierna la pandilla de la Confiep, ese club de amigos que hace y deshace el Perú a su conveniencia.

Resulta que la cornucopia se devalúa, que el Perú deja de ser la tierra prometida, que nuestra economía se desacelera, que el precio de los metales está bajando. Humala, con aire conciliador, declara que desea aliarse a la mafia aprofujimorista para enfrentarla. Como si no supiéramos que la solución que darán es la de siempre: ajustar al de abajo para que el de arriba siga viviendo holgadamente.

Ahora resulta que se nos viene la crisis…