Raimondi decía con mucha razón —aludiendo
a las riquezas naturales— que “el
Perú es un mendigo sentado en un banco de oro”. El problema es que se lo están birlando
descaradamente y corre el peligro cercano de hasta quedarse sentado en el frío
suelo.
Desde que a este país le pusieron el nombre —mejor
dicho, desde que España lo invadió y saqueó a su antojo—, no ha llegado a
autosostenerse, a pesar de que la Naturaleza ha sido generosa con él. No es
necesario ser un experto en Economía para poder darse cuenta de que el camino
para poder desarrollarnos es aprovechar de manera responsable los recursos de
la sierra y de la selva —incluyendo, como no, la fertilidad de la tierra— e
industrializar la costa. De esa manera, garantizamos los productos de nuestro
consumo y no hacemos ricos a otros países a costa de nuestra pobreza.
Si el Perú no deja de ser un
simple exportador de materias primas, siempre su bonanza va a depender de los
precios internacionales de las mismas y su desarrollo nunca llegará. Sin
embargo, si desarrolla su propia industria, podrá volar con sus propias alas. Pero no sucede así. Son las
grandes transnacionales quienes se llevan nuestras riquezas y producen
mercancías con las que abastecen el mercado de sus países y terminan
vendiéndonos las sobras, y con valor agregado. Cada vez que hay algo de intención
de que el Estado intervenga en el mercado para corregir errores como el
señalado, la derecha pega el grito en el cielo y reclama las libertades
económicas como verdades absolutas. Entonces, alzan su voz a través de los
medios de comunicación y hasta hablan de dictadura.
Esto se debe a que en nuestra
sociedad prevalece la ideología neoliberal, que está basada en el
individualismo, en la competencia desigual, en la economía del chavetazo, de la
carrera en la que, por ganar, hay que meterle cabe al otro. No se tiene una
visión de país sino una visión exclusivamente (y excluyentemente) del individuo,
del yo. A las élites de poder económico solo les interesa beneficiarse cada vez
más, quieren seguir desvalijando el país a expensas de los demás peruanos,
pues, cualquier modificación, por pequeña que sea, es considerada una ofensa a
la —quizás mal llamada— democracia.
¿Y qué hace el Estado? ¿Se digna
en defender la verdadera democracia como gobierno de las mayorías? ¿Acaso combate
la falsa libertad de prensa y se pone fuerte ante la basura esparcida por los
medios para mantener la injusta realidad? Nada de eso, solamente atina a
vigilar que esta situación continúe. El comandante Ollanta Humala se comporta
como el perro guardián del status quo
mientras que en el país gobierna la pandilla de la Confiep, ese club de amigos
que hace y deshace el Perú a su conveniencia.
Resulta que la cornucopia se
devalúa, que el Perú deja de ser la tierra prometida, que nuestra economía se
desacelera, que el precio de los metales está bajando. Humala, con aire
conciliador, declara que desea aliarse a la mafia aprofujimorista para
enfrentarla. Como si no supiéramos que la solución que darán es la de siempre:
ajustar al de abajo para que el de arriba siga viviendo holgadamente.
Ahora resulta que se nos viene la
crisis…

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