lunes, 11 de junio de 2007

Se lo "comió" a besos

Ellos iban cogidos del brazo hacia la Facultad de Letras. Caminaban al compás de la brisa húmeda limeña, sufriendo por el frío que penetraba hasta sus huesos, y temblaban. “Sofía nunca había estado tan bella”, pensó Alejandro. Entraron a la Facultad y Alejandro recordó en aquellos momentos en los que soñaba en ingresar a la Universidad de San Marcos y, en esos sueños, se veía en la puerta de dicha facultad; ahora cruzaba esa puerta todos los días pero esta vez lo disfrutó más. La tarde era fría y cruel. Se dirigieron al Jardín de Letras, ella para estudiar a Kant y él para ayudarla, se sentaron en el gras.
Mientras ella leía acerca la diferencia entre los juicios analíticos y sintéticos; Alejandro, al oírla, la miró y se quedó idiotizado con la sencillez en la manera de hablar de Sofía acerca de un tema también sencillo pero oscurecido por la obsesiva manera de Kant de explicar las cosas. “Bella y sabia”, se dijo Alejandro sin dejar de verla, él la admira desde que la conoció. Ella volvió la mirada hacia él y éste la esquivó:
-¿Entendiste? –dijo Sofía sarcásticamente sabiendo que él estaba distraído.
-No, soy una bestia para comprender a Kant, habla en difícil –respondió Alejandro sonrojándose.
-Lee tú.
Alejandro cogió las hojas y se dispuso a leer, lo hizo hasta se que sintió acosado por la mirada de Sofía. Volteó él en busca de sus ojos (de Sofía) esperando a que ella lo esquive, pero no lo hizo. Se quedaron en silencio, en el mundo existían únicamente dos entes: él y ella. Los cubrió la noche y los envolvió aún más el frío. Ella quebró ese momento mágico en el que sus miradas se fundían entre sí y sacó algo de su mochila:
-Mira esto, prueba, sabe rico –dijo evitando el beso que murió sin nacer.
-¿Qué es? –preguntó él saboreando el ungüento que había untado en su dedo y que ella le ofreció.
-Es brillo para labios.
Él le pidió más y ella untó un poco de brillo en sus labios delicadamente mientras Sofía sonreía como una niña ejecutando una travesura. Se acercaron de repente para sentir menos el frío. Volvieron a verse a los ojos, esta vez ninguno de los dos contuvieron al instinto. Se besaron. Alejandro sintió una mordida pero no se detuvo, a pesar de que empezó a sangrar. Sofía tampoco se detuvo, ahora le mordió la lengua esta vez. Lo soltó. Él se desangraba en medio del patio, en silencio, y ella se marchaba. Ambos disfrutaron al máximo el beso.