miércoles, 21 de febrero de 2007

El señor Pedro

No hay tarde de sábado en el que el señor Pedro salga de su casa con dirección a los lugares más románticos de Barranco para encontrarse con el pasado. Este sábado llega ido de la realidad al mirador para observar el sol que se hunde en el mar matizando de bellos colores el cielo limeño y recuerda con melancolía aquellos besos robados a su esposa –ahora ausente- en aquel lugar.
Su mujer viajó a España hace dos años por motivos de trabajo. Ella es la heroína del señor Pedro, la admira, esa mujer se alejó de él y a sus dos hijos para darles un futuro mejor. Ella había dejado los sentimentalismos de lado y se alejó de los seres que más quiere para mejorar sus vidas.
Mientras camina cabizbajo y lentamente sobre el Puente de los Suspiros, el señor Pedro, extraña a su mujer, hace sonar sus pasos con sus zapatos de cuero fino en la madera del puente que es testigo de dichas y desdichas por causa del amor, el señor Pedro levanta su cabeza y ve a la señora que vende rosas para las parejas y que le vendía rosas a él durante los años en que estaba con su esposa. Su mirada es simple, sombría y triste, y generalmente va acompañada de un suspiro. Sube las escaleras que hay camino haciaParque Municipal. Se dirige a la iglesia Santísima Cruz para buscar a un dios que parece estar castigándolo. Mira al Cristo que está detrás del altar, llora por dentro. Llora y no sabe si es por felicidad o tristeza.
Sale de la iglesia hacia el parque, ya es de noche y mira el cielo, que estaba más oscuro y más estrellado, con sus ojos brillantes y pequeños. El frescor le entraba hasta el alma.
Al llegar a su casa es feliz, se siente otra vez en el mundo terrenal, regresa al presente, ama a sus hijos, vuelve a su estado original o finge volver a él. Abraza a su hijo que tendrá que rendir el examen de admisión para obtener una vacante para estudiar en la UNI, le dice que no debe perder la tranquilidad, que lo hará bien. Entonces suena el teléfono, inmediatamente contesta el señor Pedro:
-¿Alo?
-Hola, Pedro –es su mujer- ¿cómo estás?
-Bien, todos bien, no te preocupes.
Hablaron cinco minutos antes de llamar a su hijo: “Jorge, ven, tu mamá quiere hablar contigo”. El joven acudió velozmente y se apodero del teléfono. El señor Pedro se sentó en el mueble y fue abrazado por su cariñosa hija. Su cuerpo sonreía y su alma lloraba.

lunes, 19 de febrero de 2007

Un vistazo hacia atrás


Mi infancia fue dulce, serena, triste, pero a diferencia de Valdelomar, no fue sola. Tuve amiguitos que ya no son muy amigos míos, no porque yo los haya echado de mi vida sino porque ellos decidieron explorar otros círculos amicales, pero a pesar de todo no los extraño mucho.
Esta etapa de mi vida la recuerdo por los gritos, los llantos, las risas, los juegos entrañables, las peleas por ganar en estos, las carreras que generalmente se hacían tras mencionar cierta frase sin sentido (por ejemplo: “el último que llega a tal sitio se come la caca de King Kong.”), los cuentos de terror inventados cuando la noche nos cubría, las pesadillas que éstos ocasionaban, las caricaturas de las mañanas, los partidos de fútbol, e infinitas cosas más.
Una de las travesuras que me acuerdo es cuando le di a una amiga unas curiosas galletitas. Ella se las comía rápidamente mientras manifestaba lo deliciosa que estaban. Me preguntó dónde las había comprado y le dije:
-En la tienda de Denisse –respondí con una sonrisa que al parecer ella creía sospechosa.
-¿Cuánto cuesta la bolsita?
-Cinco soles con cincuenta céntimos.
-¡Tan caro! ¿Y cómo se llaman las galletas?
-Se llaman galletas, pues –dije yo esperando a que se termine de comérselas.
-¡Ah, idiota! –me reprochó- lo que quiero saber es cómo las pido, qué le digo a la señora que atiende para que me las dé.
-¿Te gustaron?
-Sí
-Le dices a la señora que te despache medio kilo de Pedigree (una marca conocida de comida para perros).
Ella escupió estrepitosamente, casi vomita pero se aguantó y se fue llorando a su casa después de gritarme: “¡Estúpido!” . La crueldad es una de las características más representativas de la niñez y yo fui sumamente cruel. Por otra parte, los rencores son efímeros en esta etapa, gracias a ello aún puedo contar con esa amiga.
Eran pues los tiempos en que la imaginación estaba en su florecimiento pleno, en que jugaba a la guerrita con rifles que no son más que palos de madera y pistolas hechas con dos dedos, con las zapatillas rotas que fingían ser botines de soldado ; época en la que me echaba en el suelo para ver los distintos disfraces que lucían las nubes, toda clase de figuras que dibujaba el viento en el cielo de verano. Con mi niñez se fue la asombrosa imaginación (tan asombrosa que se confundía con locura) que solía tener. Se fueron los monstruos que me asustaban en la noche, huyeron de los superhéroes que me rescataban de ellos: aquéllos huyeron y éstos los persiguieron, ambos bandos me abandonaron.

jueves, 8 de febrero de 2007

Cerdos en las playas

Miguel se gana algunos soles vendiendo botellas que busca en las playas de Barranco a los recicladores. El sábado decidí ir con él para ayudarlo. Eran a las cuatro y media aproximadamente. Solo en el camino habíamos recogido como diez botellas. Llegamos a la playa y estaba repleta de bañistas pero Miguel me dijo que no había mucha gente como en otros días. El agua estaba turbia, marrón, inmunda y con un olor nauseabundo, digna de las personas que la ensuciaban. La playa se estaba quedando solitaria. Podíamos distinguir dónde se habían instalado las sombrillas; los rastros de desperdicios de comida en estado de descomposición, papeles, botellas (lo que necesitaba Miguel), cáscaras, excremento... a pesar que el lugar no estaba tan lleno como me lo dijo mi amigo.
Regresamos con un saco y cuatro bolsas llenos de botellas, la mayoría las cogimos de la arena, lo que quiere decir que los bañistas no eran capaces de llevar los desperdicios a los abundantes cilindros de basura que habían en las playas.
¿Cómo es posible que aquellas personas prefieran estar soleándose al lado de la basura en lugar de caminar unos pocos metros? Si no quieren que las playas estén limpias por su salud, menos van a querer hacerlo para atenuar el daño que le hace la humanidad a las diferentes especies que se perjudican con la contaminación ambiental. ¿Cómo mostrarles que contaminando el mar están atacando directamente fitoplancton, que es la base de la cadena alimenticia, además de ser (el fitoplancton) el responsable de la generación del 98% del oxígeno de la atmósfera?
Esta contaminación es la causa de las lluvias ácidas que deterioran los campos de cultivo y que también generan enfermedades a la piel. Por otro lado, las especias marinas (que son muy variadas en nuestro mar) mueren o se van de los lugares contaminados afectando a la economía del país.
Con este texto trato de hacer una exhortación a esos seres que se dicen racionales (a la humanidad en general), que parecen sentirse bien bañándose en aguas con restos fecales, a que no ensucien las playas; que lo hagan por sus hijos y nietos que heredarán -si esto sigue así- un planeta lleno de basura y enfermedades, con climas realmente cálidos por la afección de la capa de ozono –si es que la Tierra aún existe-.

La caída de mi ego

Ella es bella. Es una mujer relativamente alta (la relatividad está en que creo que es más alta que yo); de cabellera larga, lacia y pintada; de piel clara; ojos pequeños y claros; nariz fina, como el de una princesa; su boca parece un fresa; tiene unos senos redondos, no muy abultados; y unas piernas perfectas que casi siempre exhibe.
Estaba sentada al otro lado de la mesa, en la silla de enfrente. “Es preciosa pero vacía en lo que concierne al intelecto, cualidad digna de una reina de belleza –pensaba yo mientras la miraba- esta mañana está más bonita que de lo costumbre”.
-Jaime, ¿tienes enamorada? –me preguntó.
-No, ¿por qué? –le dije con un tono picaresco.
-Solo preguntaba.
-Pero has tenido, ¿verdad?
-Sí –respondí extrañado por aquel cuestionario. Pensé que preguntaba por curiosidad, pues ella casi siempre hablaba de lo que le sucedía a diario y supuse que se sentía en derecho de saber algo de sobre mi vida.
-¿Cuántas?
-Solo una.
-¿Por qué terminaste con ella?
-Porque nunca la quise.
-Si no la querías, ¿por qué estuviste con ella?
-Para probar.
-¿Para probar? Una relación no es para probar, si dos personas deciden estar juntos es porque se quieren. Me parece que le has hecho un gran daño a esa mujer mintiéndole de ese modo.
Increíblemente esa mujer estaba dándome lecciones acerca de las relaciones de pareja. No quería aceptar que ella supiera más que yo.
-Es que no supe decirle que no cuando me pidió para estar conmigo –dije yo tratando de defenderme y quedar como un héroe que se sacrificó por la felicidad de su amiga al fingir que la amaba.
-Pero la mentira se hizo cada vez más grande y el daño fue creciendo –me sentí otra vez humillado por aquella mujer que subestimaba.
-Y tú, ¿cuánto tiempo tienes con tu enamorado?
-Con mi “amoshi” llevo casi tres años.
-¡Qué aburrido! –dije, quizás con envidia.
-Es aburrido si todos los días es lo mismo, pero mi relación no es monótona, cada día hay una sorpresa nueva. De este modo, jamás me aburriré de estar con él.
Hubo un breve silencio en el cual pensé: “Es imposible que esta mujer que yo creo que le falta cerebro me esté dando una lección acerca del amor”. Estaba lleno de cólera y orgullo.
-¿Piensas casarte? –le pregunté buscando algún error en su respuesta.
-Me gustaría pero no soy nada. Primero debo ser algo en esta vida y luego me caso y tendré mis hijos.
-¿Hijos? –respondí irónicamente.
-Sí, ¿a ti no te gustan los niños?
-No, no me gustan, los detesto, los odio –dije sin saber qué es lo que pasaba por su cabeza.
-¿Por qué odias a los niños? Será que hay alguien que te haya odiado cuando eras niño –al decir esto sonrió mostrando su perfecta dentadura.
Me sentí un gusano por haber subestimado a esa mujer que ahora me estaba revolcando en un tema totalmente desconocido empíricamente por mí: el amor. Nunca debí minimizar la capacidad mental de esta mujer.
-Es que soy un niño, un niño no puede querer a otro como a un hijo, soy muy inmaduro –dije a modo de autodestrucción, como cuando un moribundo pide a gritos la eutanasia.
-Si te quisieras un poco, tratarías de crecer mentalmente. Por lo menos eres conciente de tu actitud infantil –dio la estocada final.
En menos de cinco minutos ella me había desbaratado el autoestima, ha matado la altivez con la que la miraba. Me hizo tragar mi altanería y me dio un golpe en el alma, me humilló.

jueves, 1 de febrero de 2007

La tía María

Mi tío (el hijo de la protagonista de este texto) que vive cerca de mi casa, vino a decirle a mi mamá que había llegado un primo de ella llamado Miguel, al que no veían hace muchos años. Mi madre fue a verlo y al rato regresó para llevarnos a mí y a mis hermanos a conocer al visitante. Era un señor de unos cincuenta años de edad, simpático, con la piel un poco arrugada, ojos pequeños, con una sonrisa incompleta y unas gafas antiguas.
En aquella casa vive la tía María -que en realidad es mi tía abuela-, una anciana de ochenta y nueve años a la que no había visto en mucho tiempo porque yo sabía que estaba cerca y por eso no la extrañaba.Cuando yo pasaba cerca a su puerta y yo la veía, la saludaba; pero ya no sale. La tía María estaba callada, con la mirada fija en un lugar, parecía que estaba intentando concentrarse en la conversación de las otras personas que se hallaban en la habitación. En el momento en que mi mamá mencionó mi nombre para presentarme a mi tío, ella movió la cabecita y dijo con desesperación:
-¿Está acá mi Jaimito?
En mi mente me preguntaba por qué había pronunciado esta frase ¿acaso no me ha visto? Me le acerqué, me senté a su lado, le toqué las manos y, mientras el resto seguía con su conversación, la tía María me dijo:
-Hola, hijito. ¡Éste es mi Jaimito! ¡Cómo ha crecido este muchacho! –hablaba mientras me acariciaba- ¿Ya acabaste la el colegio?
-Sí, hace dos años. –dije.
-Ya estoy para la otra, –se quejaba- estoy vieja y ciega. Hace tiempo que no sé nada de ti. Pero,¿cómo voy a saber de ti si ya no salgo de esta maldita casa que será testigo de mi muerte. ¿Y qué estás haciendo?
-Voy a estudiar en San Marcos, ya ingresé.
-Tú siempre has sido chanconcito. Aprovecha tu juventud. Yo no sabía lo que quería decir con esta frase: ¿tengo que aprovechar mi juventud estudiando o lo contrario, que no estudie tanto y que disfrute esta etapa de la vida? -Así lo haré, tía -dije sin saber qué respondía.
A su lado había una mesita cuadrada de madera, sobre la cual había una taza de plástico amarilla. Esa tacita gastada por el tiempo me hizo recordar pasajes de mi niñez. Ella siempre tomaba agua en ese recipiente y al parecer lo seguía haciendo.
Mis padres me llevaban a la casa de la tía María cuando se iban a trabajar, pues yo no tenía aún edad para quedarme solo. Me mandaban unos envases con mi comida. Esa casa, ahora muy distinta, era como mi segundo hogar. Ella no aguantaba que haga travesuras. Siempre decía: "Le voy a decir a tu papá, no hagas eso", pero nunca se quejó ante ellos. Me regalaba pan y dulces, me engreía, ella era la responsable de mi obesidad infantil.
Ahora estaba postrada en un sofá, con los ojos inútiles, escuálida, pálida, con la piel holgada, esperando que la muerte le de la paz que tanto alivia a los ancianos, quejándose de insomnio. Los años la habían maltratado cruelmente. Era una escena triste, ella aún me abrazaba y por su arrugada mejilla se deslizaba una lágrima solitaria.