No hay tarde de sábado en el que el señor Pedro salga de su casa con dirección a los lugares más románticos de Barranco para encontrarse con el pasado. Este sábado llega ido de la realidad al mirador para observar el sol que se hunde en el mar matizando de bellos colores el cielo limeño y recuerda con melancolía aquellos besos robados a su esposa –ahora ausente- en aquel lugar.
Su mujer viajó a España hace dos años por motivos de trabajo. Ella es la heroína del señor Pedro, la admira, esa mujer se alejó de él y a sus dos hijos para darles un futuro mejor. Ella había dejado los sentimentalismos de lado y se alejó de los seres que más quiere para mejorar sus vidas.
Mientras camina cabizbajo y lentamente sobre el Puente de los Suspiros, el señor Pedro, extraña a su mujer, hace sonar sus pasos con sus zapatos de cuero fino en la madera del puente que es testigo de dichas y desdichas por causa del amor, el señor Pedro levanta su cabeza y ve a la señora que vende rosas para las parejas y que le vendía rosas a él durante los años en que estaba con su esposa. Su mirada es simple, sombría y triste, y generalmente va acompañada de un suspiro. Sube las escaleras que hay camino haciaParque Municipal. Se dirige a la iglesia Santísima Cruz para buscar a un dios que parece estar castigándolo. Mira al Cristo que está detrás del altar, llora por dentro. Llora y no sabe si es por felicidad o tristeza.
Sale de la iglesia hacia el parque, ya es de noche y mira el cielo, que estaba más oscuro y más estrellado, con sus ojos brillantes y pequeños. El frescor le entraba hasta el alma.
Al llegar a su casa es feliz, se siente otra vez en el mundo terrenal, regresa al presente, ama a sus hijos, vuelve a su estado original o finge volver a él. Abraza a su hijo que tendrá que rendir el examen de admisión para obtener una vacante para estudiar en la UNI, le dice que no debe perder la tranquilidad, que lo hará bien. Entonces suena el teléfono, inmediatamente contesta el señor Pedro:
-¿Alo?
-Hola, Pedro –es su mujer- ¿cómo estás?
-Bien, todos bien, no te preocupes.
Hablaron cinco minutos antes de llamar a su hijo: “Jorge, ven, tu mamá quiere hablar contigo”. El joven acudió velozmente y se apodero del teléfono. El señor Pedro se sentó en el mueble y fue abrazado por su cariñosa hija. Su cuerpo sonreía y su alma lloraba.
Su mujer viajó a España hace dos años por motivos de trabajo. Ella es la heroína del señor Pedro, la admira, esa mujer se alejó de él y a sus dos hijos para darles un futuro mejor. Ella había dejado los sentimentalismos de lado y se alejó de los seres que más quiere para mejorar sus vidas.
Mientras camina cabizbajo y lentamente sobre el Puente de los Suspiros, el señor Pedro, extraña a su mujer, hace sonar sus pasos con sus zapatos de cuero fino en la madera del puente que es testigo de dichas y desdichas por causa del amor, el señor Pedro levanta su cabeza y ve a la señora que vende rosas para las parejas y que le vendía rosas a él durante los años en que estaba con su esposa. Su mirada es simple, sombría y triste, y generalmente va acompañada de un suspiro. Sube las escaleras que hay camino haciaParque Municipal. Se dirige a la iglesia Santísima Cruz para buscar a un dios que parece estar castigándolo. Mira al Cristo que está detrás del altar, llora por dentro. Llora y no sabe si es por felicidad o tristeza.
Sale de la iglesia hacia el parque, ya es de noche y mira el cielo, que estaba más oscuro y más estrellado, con sus ojos brillantes y pequeños. El frescor le entraba hasta el alma.
Al llegar a su casa es feliz, se siente otra vez en el mundo terrenal, regresa al presente, ama a sus hijos, vuelve a su estado original o finge volver a él. Abraza a su hijo que tendrá que rendir el examen de admisión para obtener una vacante para estudiar en la UNI, le dice que no debe perder la tranquilidad, que lo hará bien. Entonces suena el teléfono, inmediatamente contesta el señor Pedro:
-¿Alo?
-Hola, Pedro –es su mujer- ¿cómo estás?
-Bien, todos bien, no te preocupes.
Hablaron cinco minutos antes de llamar a su hijo: “Jorge, ven, tu mamá quiere hablar contigo”. El joven acudió velozmente y se apodero del teléfono. El señor Pedro se sentó en el mueble y fue abrazado por su cariñosa hija. Su cuerpo sonreía y su alma lloraba.
