domingo, 31 de agosto de 2008

Una niña carismática

Bajé del micro y de pronto me encontré con la atmósfera siempre densa y bochornosa del centro de Lima, -pese a que el frío húmedo de esta cuidad me cale hasta los huesos con frecuencia- esto se debe a la abundancia de plomo que se hay en el aire. Cada vez que regreso al centro, todo me parece más grisáceo y opaco debido a la contaminación ambiental.
Caminé del brazo de mi compañera por la avenida Huancavelica y esquivamos a la gran cantidad de mujeres no muy alegres pero con sonrisas cordiales que nos invitaban a sus locales en los que venden gafas con todos los tipos de cristales o resinas y cualquier variedad de monturas. Por un momento sentí la asfixia que deben sentir las divas y divos de este planeta cuando son rodeados por una multitud que los aclama. Soñé ese efímero instante con la fama y lo lamenté.
Lo agradable de ir a pasear al centro de Lima es que siempre se encuentra algo extravagante por las calles. Esta vez encontré a un ciego cantando en ruso en una esquina, se supone que esto tendría que conmover a la gente que pasaba por su lado y dejarle algunas monedas de propina en la vasija de plástico que mostraba con el brazo derecho estirado. A pesar de que me conmovió, una fuerza intuitiva me impidió darle los treinta céntimos que me sobraban en el bolsillo, un presentimiento me dijo que iba a necesitar ese escaso dinero en otra cosa.
Dimos una vuelta por la Plaza de Armas y luego fui al Parque de la Muralla, donde había un grupo de patos, donde uno muy torpe hizo que nos cagaráramos de la risa casi literalmente. De regreso pasamos por la iglesia San Francisco, donde descubrí que el amor que mi compañera sentía por las aves era solo cuando éstas se presentaban por unidad. Tuve que rectificar el miedo que dije tener a las palomas en inmensa cantidad para que ella se sienta un poco segura.
Cuando volvimos por el Jirón de la Unión, una niña me pegó un distintivo en el pecho que acreditaba que había donado algo para alguna institución de caridad y me dio una estampilla de Rosa de Lima. Le di los treinta céntimos que tenía en el bolsillo de mi pantalón:
-Cuesta un Sol –me dijo la niña con una tierna sonrisa en sus labios.
Mi compañera me jaló del brazo diciéndome que no le compre, de cualquier modo no lo hubiera hecho. Creo que ella ya sabía de esa artimaña que intentó hacer la ñina.
-Pero no tengo más dinero.
-Allí he visto un Sol, joven.
-Pero ese es mi pasaje, vivo en Barranco y no quiero irme caminando –le dije con una sonrisa que reflejaba la simpatía que me había causado esa niña.
-Payaso eres. Métete tus monedas al poto –me dijo quitándome el distintivo y la estampilla, devolviéndome mis monedas amarillas.
Lo peor de todo era que el ciego ya no estaba en cruce con la avenida Huancavelica.