Los mitos son historias o relatos
fantásticos que refieren a sucesos históricos prodigiosos o fantásticos que
buscan respuestas a interrogantes. Entre los mitos más conocidos podemos
mencionar a la creación del Universo, que explica la existencia de nuestra
realidad; tenemos también al mito o leyenda de Manco Cápac y Mama Ocllo, que
responde a la pregunta acerca del origen de la civilización incaica; entre
otros. En este sentido, los mitos constituyen parte del sistema de creencias de
una cultura o comunidad, pues, son consideradas historias verdaderas aunque, en
realidad, no lo sean.

Este texto intenta demostrar que
la bonanza económica por la que atraviesa nuestro país no es más que un mito,
una falacia inventada por los grandes poderes políticos y económicos con la
finalidad de mantener este sistema que, en realidad, es injusto. Esta mentira
es alimentada por los medios de comunicación quienes nos repiten a diario que
el Perú está en constante crecimiento gracias al modelo económico instaurado
por la dictadura fujimorista y continuado por los gobiernos de Toledo, García y
Humala. Gracias a –o por culpa de- ello, la prosperidad económica es un mito
que constituye parte de las creencias de la población peruana.
En primer lugar, debemos definir
lo que es la pobreza. Según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), las
personas son pobres si se encuentra bajo la denominada “línea de pobreza
internacional”, es decir, si ganan menos de US$1.25 al día. La moneda
estadounidense, en los últimos años, ha ido perdiendo su valor; por lo tanto,
si siempre he contado con US$1.25 diarios, podré comprar menos productos que
antes pero no seré considerado pobre por la ONU. Imaginemos, pues, que la
moneda en cuestión se devalúe tanto que un dólar sólo nos alcanzará para
comprar un pan. En ese caso, podré comprar cinco panes en cuatro días y no
podré pagar nada más. No tendría dónde vivir, tomaría agua de las piletas
públicas, no podría comprarme ropa ni estudiar. ¡Y dudo que me alegre por no
ser pobre!
De esta manera manifestamos que
no es correcto ni justo medir la pobreza dividiendo a los pobres de los que no
son teniendo en cuenta una línea que, se basa en un frío valor monetario. Las
monedas son cambiantes, las necesidades de las personas, no lo son. Una persona
realmente es pobre si no puede carece de sus necesidades básicas (comida,
salud, casa, educación, vestido, etc.), la medición debe darse en este sentido.
Por lo tanto, cuando la ONU afirma que el Perú ha bajado el porcentaje de pobreza,
no necesariamente es cierto, es parte de un mito.

Por otra parte, constantemente
nos dicen que el crecimiento de la economía en nuestro país se ve reflejado en
el incremento de la remuneración mínima vital que, en el 2006, ascendía a 500
nuevos soles y el día de hoy es de 750, esto es, se ha incrementado en un 50%.
Al parecer, ésta es una buena noticia, pero si nos detenemos a reflexionar un
momento, nos damos cuenta que, por ejemplo, un pan, que antes nos costaba 10
céntimos, ahora vale 15: también ha sufrido un incremento del 50%. Los peruanos
ganamos más pero nos alcanza para comprar, en el mejor de los casos, lo mismo.
Hemos puesto como ejemplo el precio del pan pero existen otros productos y
servicios que han aumentado sus precios en mayor porcentaje: los alimentos en
general, la pensión en los colegios es más cara, los impuestos se han
incrementado, el pasaje, la salud, etc.
Todos sabemos que para que una
sociedad sea realmente justa, los niveles de desigualdad deben ser menores. El
coeficiente de Gini es el indicador que mide el grado de desigualdad en la
distribución de los ingresos entre la población de un determinado país. Si el
índice llega a cero (0), quiere decir que existe una igualdad perfecta, que
todos las personas tienen la misma cantidad de ingreso; por otra parte, si
llega a cien (100), se representa la desigualdad absoluta, es decir, que una
sola persona goza de todos los ingresos en el país y el resto nada. En el Perú,
desde los principios de la década de los noventa hasta la actualidad, el
coeficiente Gini ha aumentado de 43.9 a 48. El ingreso per cápita del Perú en
el 2008 fue de US$ 4,458 y hoy es de US$ 8,857. Podría decirse que no está mal,
pues, se ha duplicado las cifras, pero éstas son obtenidas a través de un
promedio. Sucede que si el promedio sube y la desigualdad aumenta, quiere decir
que hay un pequeño grupo que se está beneficiando directamente con la llamada
“bonanza económica”.

Pero no solo es necesario reducir
el nivel de desigualdad en cuanto a los ingresos de la población. Es, además,
necesario que el Estado garantice la igualdad de oportunidades con la finalidad
de que no queden personas excluidas y exista un desarrollo integral para cada
una de ellas. Por ejemplo, la educación debe ser gratuita y de calidad para
todos los pobladores de nuestro país, en cambio, no se requiere de ningún esfuerzo
para darnos cuenta de que esto no se cumple. La educación que se imparte en el
distrito de Miraflores no es de la misma calidad de la de los conos de Lima, y
las que se dan en otras provincias ni se asoma a la de las dos anteriores. El
mismo problema sucede con la salud y otros derechos básicos.
Con todo lo señalado líneas
arriba, podemos concluir, entonces, que la prosperidad económica por la que
pasa el Perú es un mito, una farsa que, lamentablemente, está muy arraigada en
la creencia popular. Esta mentira es impulsada por los medios de comunicación,
quienes están dirigidos por esos grupos que se benefician con el sistema
injusto que buscan mantener; y también son impulsadas por los políticos que no
quieren perder el poco poder que les queda frente a los poderes económicos.
Otro problema es la corrupción de las autoridades, que carcome tanto la
economía como la institucionalidad de nuestro país; esta lacra social nos
cuesta millones de soles, dinero que sale de nuestros bolsillos y se pierden en
las manos de aves de rapiña oportunistas. Deberían existir sanciones mucho más
severas para los corruptos. Sabemos que es difícil cambiar esta situación, que
es una tarea titánica, pero debemos empezar por hacer públicas las
contradicciones y sacar a la luz este tipo de falacias que mantienen engañado a
nuestro pueblo, que lo adormecen con mentiras para que no reclame por un
sistema más justo.