jueves, 7 de marzo de 2013

El mito de la prosperidad económica


Los mitos son historias o relatos fantásticos que refieren a sucesos históricos prodigiosos o fantásticos que buscan respuestas a interrogantes. Entre los mitos más conocidos podemos mencionar a la creación del Universo, que explica la existencia de nuestra realidad; tenemos también al mito o leyenda de Manco Cápac y Mama Ocllo, que responde a la pregunta acerca del origen de la civilización incaica; entre otros. En este sentido, los mitos constituyen parte del sistema de creencias de una cultura o comunidad, pues, son consideradas historias verdaderas aunque, en realidad, no lo sean.

Este texto intenta demostrar que la bonanza económica por la que atraviesa nuestro país no es más que un mito, una falacia inventada por los grandes poderes políticos y económicos con la finalidad de mantener este sistema que, en realidad, es injusto. Esta mentira es alimentada por los medios de comunicación quienes nos repiten a diario que el Perú está en constante crecimiento gracias al modelo económico instaurado por la dictadura fujimorista y continuado por los gobiernos de Toledo, García y Humala. Gracias a –o por culpa de- ello, la prosperidad económica es un mito que constituye parte de las creencias de la población peruana.

En primer lugar, debemos definir lo que es la pobreza. Según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), las personas son pobres si se encuentra bajo la denominada “línea de pobreza internacional”, es decir, si ganan menos de US$1.25 al día. La moneda estadounidense, en los últimos años, ha ido perdiendo su valor; por lo tanto, si siempre he contado con US$1.25 diarios, podré comprar menos productos que antes pero no seré considerado pobre por la ONU. Imaginemos, pues, que la moneda en cuestión se devalúe tanto que un dólar sólo nos alcanzará para comprar un pan. En ese caso, podré comprar cinco panes en cuatro días y no podré pagar nada más. No tendría dónde vivir, tomaría agua de las piletas públicas, no podría comprarme ropa ni estudiar. ¡Y dudo que me alegre por no ser pobre!

De esta manera manifestamos que no es correcto ni justo medir la pobreza dividiendo a los pobres de los que no son teniendo en cuenta una línea que, se basa en un frío valor monetario. Las monedas son cambiantes, las necesidades de las personas, no lo son. Una persona realmente es pobre si no puede carece de sus necesidades básicas (comida, salud, casa, educación, vestido, etc.), la medición debe darse en este sentido. Por lo tanto, cuando la ONU afirma que el Perú ha bajado el porcentaje de pobreza, no necesariamente es cierto, es parte de un mito.

Por otra parte, constantemente nos dicen que el crecimiento de la economía en nuestro país se ve reflejado en el incremento de la remuneración mínima vital que, en el 2006, ascendía a 500 nuevos soles y el día de hoy es de 750, esto es, se ha incrementado en un 50%. Al parecer, ésta es una buena noticia, pero si nos detenemos a reflexionar un momento, nos damos cuenta que, por ejemplo, un pan, que antes nos costaba 10 céntimos, ahora vale 15: también ha sufrido un incremento del 50%. Los peruanos ganamos más pero nos alcanza para comprar, en el mejor de los casos, lo mismo. Hemos puesto como ejemplo el precio del pan pero existen otros productos y servicios que han aumentado sus precios en mayor porcentaje: los alimentos en general, la pensión en los colegios es más cara, los impuestos se han incrementado, el pasaje, la salud, etc.

Todos sabemos que para que una sociedad sea realmente justa, los niveles de desigualdad deben ser menores. El coeficiente de Gini es el indicador que mide el grado de desigualdad en la distribución de los ingresos entre la población de un determinado país. Si el índice llega a cero (0), quiere decir que existe una igualdad perfecta, que todos las personas tienen la misma cantidad de ingreso; por otra parte, si llega a cien (100), se representa la desigualdad absoluta, es decir, que una sola persona goza de todos los ingresos en el país y el resto nada. En el Perú, desde los principios de la década de los noventa hasta la actualidad, el coeficiente Gini ha aumentado de 43.9 a 48. El ingreso per cápita del Perú en el 2008 fue de US$ 4,458 y hoy es de US$ 8,857. Podría decirse que no está mal, pues, se ha duplicado las cifras, pero éstas son obtenidas a través de un promedio. Sucede que si el promedio sube y la desigualdad aumenta, quiere decir que hay un pequeño grupo que se está beneficiando directamente con la llamada “bonanza económica”.

Pero no solo es necesario reducir el nivel de desigualdad en cuanto a los ingresos de la población. Es, además, necesario que el Estado garantice la igualdad de oportunidades con la finalidad de que no queden personas excluidas y exista un desarrollo integral para cada una de ellas. Por ejemplo, la educación debe ser gratuita y de calidad para todos los pobladores de nuestro país, en cambio, no se requiere de ningún esfuerzo para darnos cuenta de que esto no se cumple. La educación que se imparte en el distrito de Miraflores no es de la misma calidad de la de los conos de Lima, y las que se dan en otras provincias ni se asoma a la de las dos anteriores. El mismo problema sucede con la salud y otros derechos básicos.

Con todo lo señalado líneas arriba, podemos concluir, entonces, que la prosperidad económica por la que pasa el Perú es un mito, una farsa que, lamentablemente, está muy arraigada en la creencia popular. Esta mentira es impulsada por los medios de comunicación, quienes están dirigidos por esos grupos que se benefician con el sistema injusto que buscan mantener; y también son impulsadas por los políticos que no quieren perder el poco poder que les queda frente a los poderes económicos. Otro problema es la corrupción de las autoridades, que carcome tanto la economía como la institucionalidad de nuestro país; esta lacra social nos cuesta millones de soles, dinero que sale de nuestros bolsillos y se pierden en las manos de aves de rapiña oportunistas. Deberían existir sanciones mucho más severas para los corruptos. Sabemos que es difícil cambiar esta situación, que es una tarea titánica, pero debemos empezar por hacer públicas las contradicciones y sacar a la luz este tipo de falacias que mantienen engañado a nuestro pueblo, que lo adormecen con mentiras para que no reclame por un sistema más justo.