El carro estaba lleno de pasajeros y la avenida Arequipa repleta de carros.
Era una de aquellas mañanas de nubes grises y espesas, el cielo limeño tenía ganas de llorar, estaba oscuro, parecía de luto: había muerto la paciencia de muchos a causa del caos vehicular.
Todo el mundo tocaba sus cláxones, los cuales hacían un concierto de ruidos insoportables y sin armonía alguna. Algunos conductores se insultaban, gritaban. Los “dateros” estaban aburridos.
Nadie hablaba en el carro, los pasajeros sudaban y había cierto hedor que no se disipaba a causa de los vidrios empañados que estaban cerrados para que no se cuele el frío. Todos estaban apachurrándose los unos a los otros.
El tráfico se había agilizado un poco cuando un gordo desaliñado y con una figura digna de un cavernícola, que se había sentado en el asiento más alejado de la puerta, se dispuso a bajar. Avanzaba empujando y aplastando a cuanto pasajero se le cruzaba en el camino, arrancando aullidos de dolor y de disgusto. “Bajo en la esquina”, decía casi con desesperación, su voz era gruesa y fuerte. “¡Bajo!”, gritó al ver que el carro se había pasado de paradero. Al parecer, el próximo grito iba a ser resonante: “¡Ay, bajo!”, dijo con una voz aflautada. Todos los pasajeros rieron o sonrieron ante la afeminada locución del gordo.
Era una de aquellas mañanas de nubes grises y espesas, el cielo limeño tenía ganas de llorar, estaba oscuro, parecía de luto: había muerto la paciencia de muchos a causa del caos vehicular.
Todo el mundo tocaba sus cláxones, los cuales hacían un concierto de ruidos insoportables y sin armonía alguna. Algunos conductores se insultaban, gritaban. Los “dateros” estaban aburridos.
Nadie hablaba en el carro, los pasajeros sudaban y había cierto hedor que no se disipaba a causa de los vidrios empañados que estaban cerrados para que no se cuele el frío. Todos estaban apachurrándose los unos a los otros.
El tráfico se había agilizado un poco cuando un gordo desaliñado y con una figura digna de un cavernícola, que se había sentado en el asiento más alejado de la puerta, se dispuso a bajar. Avanzaba empujando y aplastando a cuanto pasajero se le cruzaba en el camino, arrancando aullidos de dolor y de disgusto. “Bajo en la esquina”, decía casi con desesperación, su voz era gruesa y fuerte. “¡Bajo!”, gritó al ver que el carro se había pasado de paradero. Al parecer, el próximo grito iba a ser resonante: “¡Ay, bajo!”, dijo con una voz aflautada. Todos los pasajeros rieron o sonrieron ante la afeminada locución del gordo.