Esta década incierta ha empezado
con grandes movilizaciones en Chile, Brasil, Estados Unidos y varios países de
Europa a las cuales se les denominan el movimiento de los “Indignados”. Se dan
en respuesta a las taras del sistema y de la manera en la que los políticos
manejan la crisis, haciendo, de diversas maneras, que los de abajo paguen los
platos que los de arriba han roto.
En el Perú, hace unos meses, cuando
se hizo público un audio en el que varios congresistas se repartían por
bancadas los jugosos botines de los cargos para del Tribunal Constitucional, la
Defensoría del Pueblo y el Banco Central de Reserva para sus allegados, se hizo
notar lo más hediondo de la política peruana: la pus saltó. Los jóvenes
salieron a protestar, lo cual hizo que se deshaga la denominada “repartija”.
Por otra parte, hace poco, la
Comisión de Justicia de ese circo grotesco al que llamamos Congreso ha formado el
grupo de trabajo de Derechos Humanos, una subcomisión encargada de revisar el
Informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación y cuya coordinadora habría
de ser Martha Chávez, una de las personas más intransigentes que justifican los
crímenes de lesa humanidad cometidos durante la nefasta dictadura de Alberto
Fujimori, una congresista que causa tanto terror con sus palabras como las
acciones sistemáticas que ella intenta encubrir. Esto ocurrió gracias a una
artimaña entre los partidos políticos: el Nacionalismo no asistió a la sesión,
de esta manera, los fujimoristas eran mayoría. Esto también ha causado la
indignación de muchos y ha originado varias movilizaciones y opiniones
contrarias que desembocaron en la desactivación del grupo de trabajo.
En todos
los casos, nacionales e internacionales, las manifestaciones populares
surgieron de la espontaneidad, fueron producidos por indignación más que por doctrina.
Los partidos políticos no intervinieron ni las organizaron, al contrario, los
de izquierda, esos clubcitos de amigos, se plegaron a las movilizaciones con el
ánimo, quizás, de ganar adeptos, pero no fueron los verdaderos protagonistas.
En ese sentido, vemos la proliferación de movimientos, colectivos y
agrupaciones que se manifiestan en contra del poder político tradicional y
activan en respuesta a un estímulo determinado, utilizando las redes sociales
para viralizar la indignación. Esta nueva forma de activismo acabará, a la
larga o violentamente, con los partidos, quienes representan intereses de
grupos más que soluciones a problemas concretos, quienes siempre están dispuestos,
como aves carroñeras, a sacarle el provecho al podrido sistema político que
tenemos. La partidocracia es, pues, la madre de todas las "repartijas" y negociados.
Basta con echar un vistazo al olvidado canal del Congreso para darnos cuenta
que los votos se dan por bancadas y no por convicción propia. Pero no nos
resignemos, no tiremos la toalla: la democracia no ha muerto, la democracia recién
está naciendo. Los partidos y el sistema, en conclusión, tienen la misma fecha
de caducidad.
