Me extrañaba que, desde
hace más de una semana, las personas en el Metropolitano se habían vuelto
repentinamente cordiales. Los hombres le ceden los asientos a las señoritas,
las sillas rojas suelen estar vacías, los que duermen se despiertan milagrosamente
y se ponen de pie para que se sienten los ancianos, los que empujan y pisan se
disculpan. Me extrañaba hasta que vi el video del “conchudo del Metropolitano”.
Sólo es miedo a sentirse rechazado como lo fue el insolente personaje que no
cedió el asiento en ese video. Todo es una farsa, todo es hipocresía.
La
devoción de los limeños virreinales era tal que, cuando murió Rosa de Lima,
todos querían un retazo de las ropas de la santa. El fervor religioso hizo que
se le coloquen catorce nuevos vestidos al pobre cuerpo de la mujer que
veneraban. Cada limeño -y limeña- demostraba, con mayor rigor que el otro, que
cumplía fielmente los preceptos del catolicismo. Iban a misa, recitaban el
Ángelus, rezaban rosarios, etc. Pero por las tardes, cuando el sol se hacía
grande y naranja para fundirse en el mar, el amor clandestino extramatrimonial
invadía la ciudad. Salían las tapadas para ver a sus amantes, y salían los
amantes para amar a sus tapadas. Todo era una farsa, todo era hipocresía.
Los
hijos de esta ciudad viven enamorados de las maravillas culturales que nos han
dejado nuestros antepasados prehispánicos. “Machu Picchu es el Perú”, dicen.
Creen que debemos revalorar lo nuestro, incluso algunos que deben haber cursos
de quechua en los colegios del Estado. Es lo que dicen los hijos de esta ciudad
mientras piensan a la europea y dicen “serrano de mierda” cada vez que se
enojan con alguien. Todo es una farsa, todo es hipocresía.
“No
puede bajar en esta esquina, no es paradero”, dice el chofer haciendo respetar
las normas de tránsito. Pero cuando se trata de recoger pasajeros: “Abre nomás
-le dice al cobrador-, no hay tombos”. Todo es una farsa, todo es hipocresía.

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