jueves, 7 de febrero de 2013

Lima, la hipócrita


Me extrañaba que, desde hace más de una semana, las personas en el Metropolitano se habían vuelto repentinamente cordiales. Los hombres le ceden los asientos a las señoritas, las sillas rojas suelen estar vacías, los que duermen se despiertan milagrosamente y se ponen de pie para que se sienten los ancianos, los que empujan y pisan se disculpan. Me extrañaba hasta que vi el video del “conchudo del Metropolitano”. Sólo es miedo a sentirse rechazado como lo fue el insolente personaje que no cedió el asiento en ese video. Todo es una farsa, todo es hipocresía.
La devoción de los limeños virreinales era tal que, cuando murió Rosa de Lima, todos querían un retazo de las ropas de la santa. El fervor religioso hizo que se le coloquen catorce nuevos vestidos al pobre cuerpo de la mujer que veneraban. Cada limeño -y limeña- demostraba, con mayor rigor que el otro, que cumplía fielmente los preceptos del catolicismo. Iban a misa, recitaban el Ángelus, rezaban rosarios, etc. Pero por las tardes, cuando el sol se hacía grande y naranja para fundirse en el mar, el amor clandestino extramatrimonial invadía la ciudad. Salían las tapadas para ver a sus amantes, y salían los amantes para amar a sus tapadas. Todo era una farsa, todo era hipocresía.
Los hijos de esta ciudad viven enamorados de las maravillas culturales que nos han dejado nuestros antepasados prehispánicos. “Machu Picchu es el Perú”, dicen. Creen que debemos revalorar lo nuestro, incluso algunos que deben haber cursos de quechua en los colegios del Estado. Es lo que dicen los hijos de esta ciudad mientras piensan a la europea y dicen “serrano de mierda” cada vez que se enojan con alguien. Todo es una farsa, todo es hipocresía.
“No puede bajar en esta esquina, no es paradero”, dice el chofer haciendo respetar las normas de tránsito. Pero cuando se trata de recoger pasajeros: “Abre nomás -le dice al cobrador-, no hay tombos”. Todo es una farsa, todo es hipocresía.

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