Ella es bella. Es una mujer relativamente alta (la relatividad está en que creo que es más alta que yo); de cabellera larga, lacia y pintada; de piel clara; ojos pequeños y claros; nariz fina, como el de una princesa; su boca parece un fresa; tiene unos senos redondos, no muy abultados; y unas piernas perfectas que casi siempre exhibe.
Estaba sentada al otro lado de la mesa, en la silla de enfrente. “Es preciosa pero vacía en lo que concierne al intelecto, cualidad digna de una reina de belleza –pensaba yo mientras la miraba- esta mañana está más bonita que de lo costumbre”.
-Jaime, ¿tienes enamorada? –me preguntó.
-No, ¿por qué? –le dije con un tono picaresco.
-Solo preguntaba.
-Pero has tenido, ¿verdad?
-Sí –respondí extrañado por aquel cuestionario. Pensé que preguntaba por curiosidad, pues ella casi siempre hablaba de lo que le sucedía a diario y supuse que se sentía en derecho de saber algo de sobre mi vida.
Estaba sentada al otro lado de la mesa, en la silla de enfrente. “Es preciosa pero vacía en lo que concierne al intelecto, cualidad digna de una reina de belleza –pensaba yo mientras la miraba- esta mañana está más bonita que de lo costumbre”.
-Jaime, ¿tienes enamorada? –me preguntó.
-No, ¿por qué? –le dije con un tono picaresco.
-Solo preguntaba.
-Pero has tenido, ¿verdad?
-Sí –respondí extrañado por aquel cuestionario. Pensé que preguntaba por curiosidad, pues ella casi siempre hablaba de lo que le sucedía a diario y supuse que se sentía en derecho de saber algo de sobre mi vida.
-¿Cuántas?
-Solo una.
-¿Por qué terminaste con ella?
-Porque nunca la quise.
-Si no la querías, ¿por qué estuviste con ella?
-Para probar.
-¿Para probar? Una relación no es para probar, si dos personas deciden estar juntos es porque se quieren. Me parece que le has hecho un gran daño a esa mujer mintiéndole de ese modo.
Increíblemente esa mujer estaba dándome lecciones acerca de las relaciones de pareja. No quería aceptar que ella supiera más que yo.
-Es que no supe decirle que no cuando me pidió para estar conmigo –dije yo tratando de defenderme y quedar como un héroe que se sacrificó por la felicidad de su amiga al fingir que la amaba.
-Pero la mentira se hizo cada vez más grande y el daño fue creciendo –me sentí otra vez humillado por aquella mujer que subestimaba.
-Y tú, ¿cuánto tiempo tienes con tu enamorado?
-Con mi “amoshi” llevo casi tres años.
-¡Qué aburrido! –dije, quizás con envidia.
-Es aburrido si todos los días es lo mismo, pero mi relación no es monótona, cada día hay una sorpresa nueva. De este modo, jamás me aburriré de estar con él.
Hubo un breve silencio en el cual pensé: “Es imposible que esta mujer que yo creo que le falta cerebro me esté dando una lección acerca del amor”. Estaba lleno de cólera y orgullo.
-¿Piensas casarte? –le pregunté buscando algún error en su respuesta.
-Me gustaría pero no soy nada. Primero debo ser algo en esta vida y luego me caso y tendré mis hijos.
-¿Hijos? –respondí irónicamente.
-Sí, ¿a ti no te gustan los niños?
-No, no me gustan, los detesto, los odio –dije sin saber qué es lo que pasaba por su cabeza.
-¿Por qué odias a los niños? Será que hay alguien que te haya odiado cuando eras niño –al decir esto sonrió mostrando su perfecta dentadura.
Me sentí un gusano por haber subestimado a esa mujer que ahora me estaba revolcando en un tema totalmente desconocido empíricamente por mí: el amor. Nunca debí minimizar la capacidad mental de esta mujer.
-Es que soy un niño, un niño no puede querer a otro como a un hijo, soy muy inmaduro –dije a modo de autodestrucción, como cuando un moribundo pide a gritos la eutanasia.
-Si te quisieras un poco, tratarías de crecer mentalmente. Por lo menos eres conciente de tu actitud infantil –dio la estocada final.
En menos de cinco minutos ella me había desbaratado el autoestima, ha matado la altivez con la que la miraba. Me hizo tragar mi altanería y me dio un golpe en el alma, me humilló.
-Solo una.
-¿Por qué terminaste con ella?
-Porque nunca la quise.
-Si no la querías, ¿por qué estuviste con ella?
-Para probar.
-¿Para probar? Una relación no es para probar, si dos personas deciden estar juntos es porque se quieren. Me parece que le has hecho un gran daño a esa mujer mintiéndole de ese modo.
Increíblemente esa mujer estaba dándome lecciones acerca de las relaciones de pareja. No quería aceptar que ella supiera más que yo.
-Es que no supe decirle que no cuando me pidió para estar conmigo –dije yo tratando de defenderme y quedar como un héroe que se sacrificó por la felicidad de su amiga al fingir que la amaba.
-Pero la mentira se hizo cada vez más grande y el daño fue creciendo –me sentí otra vez humillado por aquella mujer que subestimaba.
-Y tú, ¿cuánto tiempo tienes con tu enamorado?
-Con mi “amoshi” llevo casi tres años.
-¡Qué aburrido! –dije, quizás con envidia.
-Es aburrido si todos los días es lo mismo, pero mi relación no es monótona, cada día hay una sorpresa nueva. De este modo, jamás me aburriré de estar con él.
Hubo un breve silencio en el cual pensé: “Es imposible que esta mujer que yo creo que le falta cerebro me esté dando una lección acerca del amor”. Estaba lleno de cólera y orgullo.
-¿Piensas casarte? –le pregunté buscando algún error en su respuesta.
-Me gustaría pero no soy nada. Primero debo ser algo en esta vida y luego me caso y tendré mis hijos.
-¿Hijos? –respondí irónicamente.
-Sí, ¿a ti no te gustan los niños?
-No, no me gustan, los detesto, los odio –dije sin saber qué es lo que pasaba por su cabeza.
-¿Por qué odias a los niños? Será que hay alguien que te haya odiado cuando eras niño –al decir esto sonrió mostrando su perfecta dentadura.
Me sentí un gusano por haber subestimado a esa mujer que ahora me estaba revolcando en un tema totalmente desconocido empíricamente por mí: el amor. Nunca debí minimizar la capacidad mental de esta mujer.
-Es que soy un niño, un niño no puede querer a otro como a un hijo, soy muy inmaduro –dije a modo de autodestrucción, como cuando un moribundo pide a gritos la eutanasia.
-Si te quisieras un poco, tratarías de crecer mentalmente. Por lo menos eres conciente de tu actitud infantil –dio la estocada final.
En menos de cinco minutos ella me había desbaratado el autoestima, ha matado la altivez con la que la miraba. Me hizo tragar mi altanería y me dio un golpe en el alma, me humilló.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario