
Mi infancia fue dulce, serena, triste, pero a diferencia de Valdelomar, no fue sola. Tuve amiguitos que ya no son muy amigos míos, no porque yo los haya echado de mi vida sino porque ellos decidieron explorar otros círculos amicales, pero a pesar de todo no los extraño mucho.
Esta etapa de mi vida la recuerdo por los gritos, los llantos, las risas, los juegos entrañables, las peleas por ganar en estos, las carreras que generalmente se hacían tras mencionar cierta frase sin sentido (por ejemplo: “el último que llega a tal sitio se come la caca de King Kong.”), los cuentos de terror inventados cuando la noche nos cubría, las pesadillas que éstos ocasionaban, las caricaturas de las mañanas, los partidos de fútbol, e infinitas cosas más.
Una de las travesuras que me acuerdo es cuando le di a una amiga unas curiosas galletitas. Ella se las comía rápidamente mientras manifestaba lo deliciosa que estaban. Me preguntó dónde las había comprado y le dije:
-En la tienda de Denisse –respondí con una sonrisa que al parecer ella creía sospechosa.
-¿Cuánto cuesta la bolsita?
-Cinco soles con cincuenta céntimos.
-¡Tan caro! ¿Y cómo se llaman las galletas?
-Se llaman galletas, pues –dije yo esperando a que se termine de comérselas.
-¡Ah, idiota! –me reprochó- lo que quiero saber es cómo las pido, qué le digo a la señora que atiende para que me las dé.
-¿Te gustaron?
-Sí
-Le dices a la señora que te despache medio kilo de Pedigree (una marca conocida de comida para perros).
Ella escupió estrepitosamente, casi vomita pero se aguantó y se fue llorando a su casa después de gritarme: “¡Estúpido!” . La crueldad es una de las características más representativas de la niñez y yo fui sumamente cruel. Por otra parte, los rencores son efímeros en esta etapa, gracias a ello aún puedo contar con esa amiga.
Eran pues los tiempos en que la imaginación estaba en su florecimiento pleno, en que jugaba a la guerrita con rifles que no son más que palos de madera y pistolas hechas con dos dedos, con las zapatillas rotas que fingían ser botines de soldado ; época en la que me echaba en el suelo para ver los distintos disfraces que lucían las nubes, toda clase de figuras que dibujaba el viento en el cielo de verano. Con mi niñez se fue la asombrosa imaginación (tan asombrosa que se confundía con locura) que solía tener. Se fueron los monstruos que me asustaban en la noche, huyeron de los superhéroes que me rescataban de ellos: aquéllos huyeron y éstos los persiguieron, ambos bandos me abandonaron.
Esta etapa de mi vida la recuerdo por los gritos, los llantos, las risas, los juegos entrañables, las peleas por ganar en estos, las carreras que generalmente se hacían tras mencionar cierta frase sin sentido (por ejemplo: “el último que llega a tal sitio se come la caca de King Kong.”), los cuentos de terror inventados cuando la noche nos cubría, las pesadillas que éstos ocasionaban, las caricaturas de las mañanas, los partidos de fútbol, e infinitas cosas más.
Una de las travesuras que me acuerdo es cuando le di a una amiga unas curiosas galletitas. Ella se las comía rápidamente mientras manifestaba lo deliciosa que estaban. Me preguntó dónde las había comprado y le dije:
-En la tienda de Denisse –respondí con una sonrisa que al parecer ella creía sospechosa.
-¿Cuánto cuesta la bolsita?
-Cinco soles con cincuenta céntimos.
-¡Tan caro! ¿Y cómo se llaman las galletas?
-Se llaman galletas, pues –dije yo esperando a que se termine de comérselas.
-¡Ah, idiota! –me reprochó- lo que quiero saber es cómo las pido, qué le digo a la señora que atiende para que me las dé.
-¿Te gustaron?
-Sí
-Le dices a la señora que te despache medio kilo de Pedigree (una marca conocida de comida para perros).
Ella escupió estrepitosamente, casi vomita pero se aguantó y se fue llorando a su casa después de gritarme: “¡Estúpido!” . La crueldad es una de las características más representativas de la niñez y yo fui sumamente cruel. Por otra parte, los rencores son efímeros en esta etapa, gracias a ello aún puedo contar con esa amiga.
Eran pues los tiempos en que la imaginación estaba en su florecimiento pleno, en que jugaba a la guerrita con rifles que no son más que palos de madera y pistolas hechas con dos dedos, con las zapatillas rotas que fingían ser botines de soldado ; época en la que me echaba en el suelo para ver los distintos disfraces que lucían las nubes, toda clase de figuras que dibujaba el viento en el cielo de verano. Con mi niñez se fue la asombrosa imaginación (tan asombrosa que se confundía con locura) que solía tener. Se fueron los monstruos que me asustaban en la noche, huyeron de los superhéroes que me rescataban de ellos: aquéllos huyeron y éstos los persiguieron, ambos bandos me abandonaron.
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