Mi tío (el hijo de la protagonista de este texto) que vive cerca de mi casa, vino a decirle a mi mamá que había llegado un primo de ella llamado Miguel, al que no veían hace muchos años. Mi madre fue a verlo y al rato regresó para llevarnos a mí y a mis hermanos a conocer al visitante. Era un señor de unos cincuenta años de edad, simpático, con la piel un poco arrugada, ojos pequeños, con una sonrisa incompleta y unas gafas antiguas.
En aquella casa vive la tía María -que en realidad es mi tía abuela-, una anciana de ochenta y nueve años a la que no había visto en mucho tiempo porque yo sabía que estaba cerca y por eso no la extrañaba.Cuando yo pasaba cerca a su puerta y yo la veía, la saludaba; pero ya no sale. La tía María estaba callada, con la mirada fija en un lugar, parecía que estaba intentando concentrarse en la conversación de las otras personas que se hallaban en la habitación. En el momento en que mi mamá mencionó mi nombre para presentarme a mi tío, ella movió la cabecita y dijo con desesperación:
-¿Está acá mi Jaimito?
En mi mente me preguntaba por qué había pronunciado esta frase ¿acaso no me ha visto? Me le acerqué, me senté a su lado, le toqué las manos y, mientras el resto seguía con su conversación, la tía María me dijo:
-Hola, hijito. ¡Éste es mi Jaimito! ¡Cómo ha crecido este muchacho! –hablaba mientras me acariciaba- ¿Ya acabaste la el colegio?
-Sí, hace dos años. –dije.
-Ya estoy para la otra, –se quejaba- estoy vieja y ciega. Hace tiempo que no sé nada de ti. Pero,¿cómo voy a saber de ti si ya no salgo de esta maldita casa que será testigo de mi muerte. ¿Y qué estás haciendo?
-Voy a estudiar en San Marcos, ya ingresé.
-Tú siempre has sido chanconcito. Aprovecha tu juventud. Yo no sabía lo que quería decir con esta frase: ¿tengo que aprovechar mi juventud estudiando o lo contrario, que no estudie tanto y que disfrute esta etapa de la vida? -Así lo haré, tía -dije sin saber qué respondía.
A su lado había una mesita cuadrada de madera, sobre la cual había una taza de plástico amarilla. Esa tacita gastada por el tiempo me hizo recordar pasajes de mi niñez. Ella siempre tomaba agua en ese recipiente y al parecer lo seguía haciendo.
Mis padres me llevaban a la casa de la tía María cuando se iban a trabajar, pues yo no tenía aún edad para quedarme solo. Me mandaban unos envases con mi comida. Esa casa, ahora muy distinta, era como mi segundo hogar. Ella no aguantaba que haga travesuras. Siempre decía: "Le voy a decir a tu papá, no hagas eso", pero nunca se quejó ante ellos. Me regalaba pan y dulces, me engreía, ella era la responsable de mi obesidad infantil.
Ahora estaba postrada en un sofá, con los ojos inútiles, escuálida, pálida, con la piel holgada, esperando que la muerte le de la paz que tanto alivia a los ancianos, quejándose de insomnio. Los años la habían maltratado cruelmente. Era una escena triste, ella aún me abrazaba y por su arrugada mejilla se deslizaba una lágrima solitaria.
En aquella casa vive la tía María -que en realidad es mi tía abuela-, una anciana de ochenta y nueve años a la que no había visto en mucho tiempo porque yo sabía que estaba cerca y por eso no la extrañaba.Cuando yo pasaba cerca a su puerta y yo la veía, la saludaba; pero ya no sale. La tía María estaba callada, con la mirada fija en un lugar, parecía que estaba intentando concentrarse en la conversación de las otras personas que se hallaban en la habitación. En el momento en que mi mamá mencionó mi nombre para presentarme a mi tío, ella movió la cabecita y dijo con desesperación:
-¿Está acá mi Jaimito?
En mi mente me preguntaba por qué había pronunciado esta frase ¿acaso no me ha visto? Me le acerqué, me senté a su lado, le toqué las manos y, mientras el resto seguía con su conversación, la tía María me dijo:
-Hola, hijito. ¡Éste es mi Jaimito! ¡Cómo ha crecido este muchacho! –hablaba mientras me acariciaba- ¿Ya acabaste la el colegio?
-Sí, hace dos años. –dije.
-Ya estoy para la otra, –se quejaba- estoy vieja y ciega. Hace tiempo que no sé nada de ti. Pero,¿cómo voy a saber de ti si ya no salgo de esta maldita casa que será testigo de mi muerte. ¿Y qué estás haciendo?
-Voy a estudiar en San Marcos, ya ingresé.
-Tú siempre has sido chanconcito. Aprovecha tu juventud. Yo no sabía lo que quería decir con esta frase: ¿tengo que aprovechar mi juventud estudiando o lo contrario, que no estudie tanto y que disfrute esta etapa de la vida? -Así lo haré, tía -dije sin saber qué respondía.
A su lado había una mesita cuadrada de madera, sobre la cual había una taza de plástico amarilla. Esa tacita gastada por el tiempo me hizo recordar pasajes de mi niñez. Ella siempre tomaba agua en ese recipiente y al parecer lo seguía haciendo.
Mis padres me llevaban a la casa de la tía María cuando se iban a trabajar, pues yo no tenía aún edad para quedarme solo. Me mandaban unos envases con mi comida. Esa casa, ahora muy distinta, era como mi segundo hogar. Ella no aguantaba que haga travesuras. Siempre decía: "Le voy a decir a tu papá, no hagas eso", pero nunca se quejó ante ellos. Me regalaba pan y dulces, me engreía, ella era la responsable de mi obesidad infantil.
Ahora estaba postrada en un sofá, con los ojos inútiles, escuálida, pálida, con la piel holgada, esperando que la muerte le de la paz que tanto alivia a los ancianos, quejándose de insomnio. Los años la habían maltratado cruelmente. Era una escena triste, ella aún me abrazaba y por su arrugada mejilla se deslizaba una lágrima solitaria.
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