No hacía mucho calor pero el brillo solar era insoportable. Una mujer de treinta y cinco años, aproximadamente, se acercaba por la sombra hacia el paradero en el que me encontraba. Ella tenía el cabello largo, rostro delgado y pálido, nariz puntiaguda, ojos pequeños y marrones. No había nada parecido que me haga recordar la fisonomía de una cigüeña. La más fabulosa ironía que me tiene preparada esta realidad: la mujer tenía un bebé. A parte de estos rasgos físicos, ella llevaba en su rostro un aire melancólico que enmudecía a cualquier persona que pasaba por su lado y dirigía su mirada hacia ella.
-Buenos días, joven. ¿Podría cuidar un momento a mi bebé? Es que le hace daño mucho sol. Tengo que comprar algo en la bodega que está volteando la esquina -me dijo.
-Está bien, pero no demore mucho porque mi carro no tarda en llegar.
La mujer se demoraba y ya se me habían pasado dos carros. "¿Qué hago con este niño? ¿Si lo llevo con su madre? No, le haría daño el sol". Ya se había demorado demasiado, pues la bodega estaba muy cerca. "¿Adónde llevo a este niño? ¿Con quién lo dejo?" Mi entorno empezó a hedir a excremento de bebé y su madre no aparecía. "Más daño le haría escaldarse que el sol, ¿o no?" Me estaba desesperando pero, como todas las veces que me desespero, no lo demostraba.
En ese momento, la mujer con cara de cigüeña regresaba por donde se había ido. Mi desesperación se había atenuado para transformarse en ira, la cual se disipó al ver a la mujer llorando y que avanzaba con pasos apurados hacia mí. Me quitó al bebé de mis manos.
-Gracias, joven. Gracias por no irse.
-De nada -dije confundido.
-No lo volveré a hacer, mi niño. Te amo. Siempre estarás a mi lado... -le dijo a su hijo abrazándolo y besándolo mientras se alejaba.
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