Hacía un calor insportable. El verano es un castigo de la Naturaleza. No entiendo cómo existen personas que se alegran cuando llega la tortura de axilas y genitales mojados con esta estación. Un rayo de sol entraba por la ventanilla del carro y se posaba en mi brazo izquierdo, pero no me movía del asiento porque el aire que entraba con violencia era el único alivio.
-Sube, sube -gritó el cobrador.
En efecto, subió una señora con su hijo y, detrás de ellos, subió una mujer que se sentó a mi lado. No la describo para que los lectores la imaginen como sea pertinente; pero, si el amor se limitara solamente a lo físico, me hubiese enamorado con solo mirarla. O, de repente, me enamoré. Uno nunca termina por saber las clases de enamoramiento de las que se puede ser víctima.
Podría existir el amor en el que uno se entrega por completo, sin miedo al sufrimiento. En este caso, las lágrimas no son saladas sino dulces porque salen a través de los ojos pero nacen de muy dentro, y las risas duelen en la cara porque son intensas. Uno es el otro. Cuando no están juntos, los cuerpos se extrañan; pero las almas, no, porque son una, porque las almas de este amor no entienden de distancias ni de cosas concretas. Van más allá de lo físico.
Puede, también, existir el amor literario. Donde uno parece estar entre páginas y citas. Se tiene que dar saltitos pequeños para llegar al Cielo. Es vivir arrastrado como un Sancho Panza por los sueños de un Quijote con falda.
La mujer se había quedado dormida.
-Señorita, pasaje -dijo el cobrador.
-Déjela dormir, debe estar muy cansada.
El cobrador se fue algo confunfido. Ella apoyó, sin darse cuenta, supongo, su cabeza en mi hombro derecho. ¿Es ésta mujer la creadora de una de las maneras de amar?
Cada mujer es, pues, digna de ser amada de una manera particular. Estas líneas no serán dedicadas, en esta ocasión, al amor sino a todas las mujeres. Para todas, que son una en un sentimiento cuyo concepto es muy abstracto y difícil. Hay que amarlas a todas pero de con un amor diferente porque ellas son diferentes, solo son iguales en su necesidad de ser amadas. Hay que amarlas a todas como a una diosa que es una y muchas a la vez, una diosa madre del amor.
-Señorita, disculpe, ya tengo que bajar.
-Perdón -dijo, y luego sonrió. Quiero creer que fue una sonrisa de todas las mujeres.
Todas las mujeres tienen esa sonrisa de la que hablas, pero solo la de una me interesa realmente. Y más aún me gusta hacérsela brotar...
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