«...y besarnos hasta desgastarnos nuestros labios, y ver en tu rostro cada día crecer esa semilla crear, soñar, dejar todo surgir, aparcando el miedio a sufrir», terminaron de cantar Alex Ubago y Amaia Motero. Apague el celular y escuché: «próxima parada: Estación Izaguirre». Era el fin de nuestra travesía desde Barranco hasta Independencia en bus. La desperté:
-Ya llegamos.
-¿A qué hora es? -me dijo.
-Ocho y media -le respondí sin mirar la hora en el celular porque no necesitaba una respuesta exacta. Solo había preguntado para escapar por completo de los terrenos de Morfeo y establecerse en ésta otra realidad.
Al acercarnos a la puerta del bus me percaté que el parabrisas estaba mojado. «Debería limpiar la luna antes de salir y no mientras el carro esté de servicio, para colmo en el penúltimo paradero», pensé, pues, que el chofer había presionado el botón para que salga el chorrito de agua. Cuando estuvimos en la estación le devolví su celular y lo guardó en su bolso.
Ella vive en Los Olivos pero lo que nos faltaba del camino para llegar lo teníamos que recorrer a pie porque es más conveniente que gastar cincuenta céntimos por persona y demorarse más que en la caminata debido a la congestión vehicular que ocasiona una obra pública de gran tamaño.
-Mira cómo llueve -me dijo cuando salimos de la estación. Regresábamos de ver la variedad de colores pasteles del cielo barranquino cuando el sol se despide y nos deja de regalo la noche. Si el astro se hubiese quedado un rato más, su obsequio sería un arco iris. Ahora es de noche y, ¡fantástico!, llueve.
-Son gotas gruesas, es una lluvia de verano -añadí.
-Me va a hacer daño -dijo preocupada porque estaba resfriada.
-Esto explica lo del parabrisas.
-¿Qué?
-Nada. Crucemos antes que cambie la luz del semáforo.
Sentí en las fosas nasales la humedad del ambiente y también me preocupé por ella, así que atiné a pasar mi brazo por su cuello para caminar abrazados. Me gusta andar con mi cuerpo pegado al de ella pero en esta ocasión también lo hacía para protegerla un poco de la lluvia.
La canción que había escuchado resonaba aún en mi cabeza cuando vimos a los vendedores ambulantes que estaban instalados en la vereda de la avenida Carlos Izaguirre.
-Se están mojando sus cosas -dijo pareciendo distraer su preocupación en otras personas.
-Sí, pero parece que no les importa -le contesté.
En efecto, nada hacían por cubrir sus productos que estaban tan mojados como el piso. Uno de los vendedores, que probablemente me escuchó, solamente me miró e hizo una mueca parecida a una sonrisa pero que más era de resignación. Más adelante encontramos un mago con una baraja en la mano haciendo sus trucos para luego pasar el sombrero. Nadie se quedaba a verlo a causa de la lluvia que, aunque no era muy fuerte, llegaba a fastidiar a las personas, que vestían ropas de verano. «Si tan solo pudiera desaparecer la lluvia con su magia, le iría mejor», pensé.
Entonces empecé a hablarle a ella acerca de la lluvia en la sierra. Que era más intensa y que el suelo se empapaba en veinte segundos; que el cielo serrano es caprichoso, que está soleado y en minutos se nubla y cae el aguacero y al rato con la misma prisa se va. Eso me hizo recordar que hace tiempo un señor me dijo que no hay que creer en cielo serrano ni en llanto de mujer, pero no se lo comenté.
Así fuimos hablando de varias cosas. Más hablaba yo -como casi nunca- porque ella tenía un poco de dificultad para respirar. Cuando estuvimos cerca de su casa, se despidió con un beso y se fue. Miré con cierta gracia su andar de cortos pasitos de japonesa. La amé más que nunca.
Con ella bajo techo, la lluvia dejó de ser una molestia y empecé a disfrutarla. Caminé y caminé sin hacer otra cosa más que darle rienda suelta a mis pensamientos.
Entonces pensé en ella y en todo lo que es capaz de hacerme sentir tan solo con su presencia, pues su compañía es la mejor que existe y cualquier lugar del mundo es el mejor si ella está a mi lado con su sonrisota en los labios y sus lindos ojos que me envuelven de ternura cuando en ellos veo mi reflejo. Pensé en nuestra relación que sigue siendo clandestina; en el encanto que tiene pasar por su casa como si no nos conociéramos y al voltear la esquina besarnos en la oscuridad de la calle y sentir que uno más uno es igual a uno si se ama de ese modo; en las despedidas que me da desde su azotea, en las cuales me regala un poco de su alma y se queda con algo de la mía mientras me digo a mí mimo que ésa es la mujer con la que quisiera pasar el resto de mi vida.
Pero lo nuestro no es una eterna estancia en los Campos Elíseos sino que solemos visitar con frecuencia los tormentos del Hades. ¿Cómo saber si todo anda bien si nunca nos va mal? Sería muy aburrido sin la emoción de la montaña rusa de sentimientos y experiencias en la que se está al convivir con ella. Siempre hay lágrimas de tristeza, de rabia o de las que le suceden a las anteriores cuando las cosas se arreglan, que deberían ser dulces y no saladas como las otras: las de felicidad. «De todo lloras, eres muy sensible», suele decirme fingiendo ser más fuerte que yo.
Pensaba en lo que significaba estar con ella, en todo lo que sentimos y vivimos, pero también en lo que no vivimos: ¿Qué huebiera sido de nosotros si no nos hubiéramos conocido? ¿Qué estaríamos haciendo? ¿Habría, yo, conocido lo que es amar? ¿Sería más feliz que ahora? Lo dudo. ¿Cómo será nuestro futuro? ¿Nos casaremos, tendremos hijos? ¿Cómo seremos de viejitos, cuando vivamos riéndonos de la vida mientras nuestros cuerpos mueren? ¿Quién morirá primero?
Me aterró mucho la idea de que muera antes que yo, me dolió tanto como si hubiese sucedido en ese instante y me imaginé que ella sentiría lo mismo en caso contrario. «Moriremos al mismo tiempo», me dije. ¿Por qué pensar en la muerte teniendo tanto en el presente. Una vez escuché que el pasado es historia, el futuro es un misterio y el presente es un regalo, por eso se llama «presente». Es tan detestable adelantarse al final de un libro sin disfrutar de la secuencia que nos ha regalado el autor. Lo mismo sucede con las películas, adelantar para ver el final pierde en encanto que puso en ella el director. Lo único que sé es que el film de mi vida tiene las escenas más dulces con ella en el presente.
Cuando cesó la lluvia me di cuenta de que se había hecho tarde. Subí a un carro que me trajo de vuelta a Barranco.
La canción que había escuchado resonaba aún en mi cabeza cuando vimos a los vendedores ambulantes que estaban instalados en la vereda de la avenida Carlos Izaguirre.
-Se están mojando sus cosas -dijo pareciendo distraer su preocupación en otras personas.
-Sí, pero parece que no les importa -le contesté.
En efecto, nada hacían por cubrir sus productos que estaban tan mojados como el piso. Uno de los vendedores, que probablemente me escuchó, solamente me miró e hizo una mueca parecida a una sonrisa pero que más era de resignación. Más adelante encontramos un mago con una baraja en la mano haciendo sus trucos para luego pasar el sombrero. Nadie se quedaba a verlo a causa de la lluvia que, aunque no era muy fuerte, llegaba a fastidiar a las personas, que vestían ropas de verano. «Si tan solo pudiera desaparecer la lluvia con su magia, le iría mejor», pensé.
Entonces empecé a hablarle a ella acerca de la lluvia en la sierra. Que era más intensa y que el suelo se empapaba en veinte segundos; que el cielo serrano es caprichoso, que está soleado y en minutos se nubla y cae el aguacero y al rato con la misma prisa se va. Eso me hizo recordar que hace tiempo un señor me dijo que no hay que creer en cielo serrano ni en llanto de mujer, pero no se lo comenté.
Así fuimos hablando de varias cosas. Más hablaba yo -como casi nunca- porque ella tenía un poco de dificultad para respirar. Cuando estuvimos cerca de su casa, se despidió con un beso y se fue. Miré con cierta gracia su andar de cortos pasitos de japonesa. La amé más que nunca.
Con ella bajo techo, la lluvia dejó de ser una molestia y empecé a disfrutarla. Caminé y caminé sin hacer otra cosa más que darle rienda suelta a mis pensamientos.
Entonces pensé en ella y en todo lo que es capaz de hacerme sentir tan solo con su presencia, pues su compañía es la mejor que existe y cualquier lugar del mundo es el mejor si ella está a mi lado con su sonrisota en los labios y sus lindos ojos que me envuelven de ternura cuando en ellos veo mi reflejo. Pensé en nuestra relación que sigue siendo clandestina; en el encanto que tiene pasar por su casa como si no nos conociéramos y al voltear la esquina besarnos en la oscuridad de la calle y sentir que uno más uno es igual a uno si se ama de ese modo; en las despedidas que me da desde su azotea, en las cuales me regala un poco de su alma y se queda con algo de la mía mientras me digo a mí mimo que ésa es la mujer con la que quisiera pasar el resto de mi vida.
Pero lo nuestro no es una eterna estancia en los Campos Elíseos sino que solemos visitar con frecuencia los tormentos del Hades. ¿Cómo saber si todo anda bien si nunca nos va mal? Sería muy aburrido sin la emoción de la montaña rusa de sentimientos y experiencias en la que se está al convivir con ella. Siempre hay lágrimas de tristeza, de rabia o de las que le suceden a las anteriores cuando las cosas se arreglan, que deberían ser dulces y no saladas como las otras: las de felicidad. «De todo lloras, eres muy sensible», suele decirme fingiendo ser más fuerte que yo.
Pensaba en lo que significaba estar con ella, en todo lo que sentimos y vivimos, pero también en lo que no vivimos: ¿Qué huebiera sido de nosotros si no nos hubiéramos conocido? ¿Qué estaríamos haciendo? ¿Habría, yo, conocido lo que es amar? ¿Sería más feliz que ahora? Lo dudo. ¿Cómo será nuestro futuro? ¿Nos casaremos, tendremos hijos? ¿Cómo seremos de viejitos, cuando vivamos riéndonos de la vida mientras nuestros cuerpos mueren? ¿Quién morirá primero?
Me aterró mucho la idea de que muera antes que yo, me dolió tanto como si hubiese sucedido en ese instante y me imaginé que ella sentiría lo mismo en caso contrario. «Moriremos al mismo tiempo», me dije. ¿Por qué pensar en la muerte teniendo tanto en el presente. Una vez escuché que el pasado es historia, el futuro es un misterio y el presente es un regalo, por eso se llama «presente». Es tan detestable adelantarse al final de un libro sin disfrutar de la secuencia que nos ha regalado el autor. Lo mismo sucede con las películas, adelantar para ver el final pierde en encanto que puso en ella el director. Lo único que sé es que el film de mi vida tiene las escenas más dulces con ella en el presente.
Cuando cesó la lluvia me di cuenta de que se había hecho tarde. Subí a un carro que me trajo de vuelta a Barranco.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario