Volvamos a la historia que hasta ahora no comienzo. La profesora que me enseñó en el tercer grado de primaria había recogido los exámenes bimestrales de Lenguaje. Ya era la hora de la salida. De pronto escuché: “Chicos, mañana traen una tarántula dibujada en la hoja en blanco que han dejado en su cuaderno”.
Toda la tarde estuve tratando de dibujar al arácnido pero yo nunca tuve y creo –esto me hace sentir muy frustrado porque siempre quise ser artista- que nunca tendré talento para el dibujo. Me obsesioné con que el dibujo sea perfecto porque yo quería mostrar mis supuestas habilidades para el arte.
Mi padre llegó de noche y me vio aún haciendo mis deberes escolares.
- ¿Qué tiene que hacer? –me preguntó después de saludarme.
- Debo dibujar una tarántula, pero tiene que ser real porque es una nota importante, por eso me demoro –le dije para justificar el tiempo que me tomaba.
- Sí.
Yo seguí intentando hasta las once de la noche. Era muy tarde para un niño que al día siguiente tenía que despertarse temprano para ir al colegio; así que mi padre se ofreció por primera y única vez –y así fue: por primera y única vez- a hacer mi tarea. Lo hizo para que yo pueda dormir.
Al día siguiente, cuando me desperté, encontré dibujada una tarántula casi fotográfica en mi cuaderno: negra, peluda, realmente espeluznante. Yo estaba muy entusiasmado.
En ese momento mi padre fue un verdadero mártir. Se propuso y logró dibujar una tarántula para que yo pueda cumplir mi tarea que implicaba una nota muy importante. Ya sabemos que, en realidad, era para satisfacer mi ego de pseudoartista.
- ¿Hicieron lo que les dejé? –dijo la profesora pronunciando la pregunta que tanto esperaba.
- Sí –gritó el coro desafinado de niños de ocho años de edad.
- ¿Todos hicieron su carátula?
“¿Carátula? ¿Qué es una carátula?”, me pregunté.