martes, 7 de diciembre de 2010

Aventura en San Buenaventura

Al distrito de San Buenaventura se llega por un camino de media hora a pie antes de arribar a Canta, la capital de la provincia del mismo nombre. Está la sierra de Lima, la que está un poco fuera de los destinos turísticos porque se tiene la idea de que un viaje no es tan interesante si no se sale de la región. Esta crónica servirá como argumento para demostrar que no siempre esa idea es correcta.
En el tercer fin de semana de noviembre y en San Buenaventura se celebró la fiesta de San Martín de Porres. Esta celebración empieza el sábado en la mañana con el recorrido de la banda de música alrededor del pequeño poblado. Algunos pobladores se animan a seguirla bailando ritmos andinos. Mientras el sol serrano calienta el ambiente y el ron quema las gargantas. Las bombardas suenan resonantes por los cerros a través del cielo y anuncian que San Buenaventura está de fiesta. De un momento a otro, sentí un olor delicioso en el aire: el momento del desayuno había llegado.
La banda dejó de tocar y todos nos dirigimos a un toldo que se había armado cerca al centro del pueblo. Tan pronto como llegué, me invitaron a una mesa con varias personas, con un plato con atún, guiso, un par de panes y un café bien cargado. La cordialidad con la que me trataron -y con la que tratan a los turistas en general- es tan inmensa como el grado de confraternidad que se siente al estar desayunando con esas personas. Esta amabilidad me la mostraron también en el almuerzo, la cena y el desayuno del domingo.
Luego de esta experiencia, en la que me contaron una leyenda que decía que las almas que habitan en los cerros matan de miedo a las personas que caminan por éstos sin luz durante la noche, salí a recorrer las callejuelas del distrito. Las viviendas de San Buenaventura son de adobe y quincha y forman caminos que no son rectos. Hay personas que, después del desayuno, continuaron con su cita con el alcohol. Esta vez con cerveza. Encontré tres mástiles con las banderas del Perú, Ecuador y la de los Estados Unidos que representan a las nacionalidades más comunes de los turistas que llegan hasta el poblado. El sol ardía sobre mí cuando encontré una cancha de fútbol, la cual era un lugar espléndido para acampar.
Durante la tarde, se hacen todos los preparativos para los festejos principales. Se colocan flores benditas en la iglesia, la cual es muy pequeña y está construida de los mismos materiales que las casas. Se viste a la imagen de San Martín y se le dedica canciones, también se le colocan flores.
La fiesta empieza con una misa dedicada al santo, quien luego sale en andas por las principales calles de San Buenaventura. Las bombardas siguen resonando, pero esta vez se sienten con mayor júbilo. El recorrido termina en la iglesia, donde se guarda al santo. Después de esto, se hace una ceremonia en la que se agradece a todas las personas que han hecho posible esta celebración, la banda empieza a tocar las canciones que le son solicitadas por las personas, quienes empiezan a bailar durante toda la noche animados por el licor. Se hace un espacio para la tradicional “vaca loca”, el imponente castillo y los fuegos artificiales. Luego, sigue el baile.
En la mañana siguiente, decidí realizar una caminata por las afueras de la ciudad. Los paisajes que se pueden encontrar son muy hermosos, como los que se pueden encontrar en toda la serranía de nuestro país. No hace falta viajar muy lejos para darnos cuenta de la belleza con la que cuenta el Perú.
Regresé a Lima con una sensación extraña de vivir tantas experiencias que solo me costaron 30 soles en para el pasaje. Aprendí, pues, a diferenciar entre lo costoso y lo valioso.

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