Al distrito de San Buenaventura se llega por un camino de media hora a pie antes de arribar a Canta, la capital de la provincia del mismo nombre. Está la sierra de Lima, la que está un poco fuera de los destinos turísticos porque se tiene la idea de que un viaje no es tan interesante si no se sale de la región. Esta crónica servirá como argumento para demostrar que no siempre esa idea es correcta.
La banda dejó de tocar y todos nos dirigimos a un toldo que se había armado cerca al centro del pueblo. Tan pronto como llegué, me invitaron a una mesa con varias personas, con un plato con atún, guiso, un par de panes y un café bien cargado. La cordialidad con la que me trataron -y con la que tratan a los turistas en general- es tan inmensa como el grado de confraternidad que se siente al estar desayunando con esas personas. Esta amabilidad me la mostraron también en el almuerzo, la cena y el desayuno del domingo.
La fiesta empieza con una misa dedicada al santo, quien luego sale en andas por las principales calles de San Buenaventura. Las bombardas siguen resonando, pero esta vez se sienten con mayor júbilo. El recorrido termina en la iglesia, donde se guarda al santo. Después de esto, se hace una ceremonia en la que se agradece a todas las personas que han hecho posible esta celebración, la banda empieza a tocar las canciones que le son solicitadas por las personas, quienes empiezan a bailar durante toda la noche animados por el licor. Se hace un espacio para la tradicional “vaca loca”, el imponente castillo y los fuegos artificiales. Luego, sigue el baile.


