jueves, 17 de mayo de 2007

Sofía

Alejandro tiene una nueva diosa, ésta parece ser más divina que las demás para él. Ella se llama Sofía y estudia en la Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos, en Lima, al igual que él. Es una mujer delgada; con cabellera no muy negra; ojos que reconcilian la tristeza muy humana de Vallejo y el romanticismo tan sensible de Neruda; su naricita es de una princesa; sus labios rosados son delgados y finos, son mansos y cuna de palabras tiernas (y en ocasiones de palabras no tan tiernas, pero solo en ocasiones); las mejillas hoyadas en las sonrisas repartidas; manos blancas, suaves y frías como la nieve; y, sobretodo es muy inteligente. Era la personificación de un poema dictado a un rapsoda por las deidades Atenea y Afrodita. Ella es una protagonista de una novela de Coelho.
Es más que un cuerpo bonito y mucho más que un alma grandiosa.
Alejandro cree tener el deber de protegerla de todo lo que está en sus posibilidades. Ya protegió su sistema respiratorio y no se arrepiente (aunque él se haya afiebrado por ello). Él le quiere ofrecer toda su confianza y para ello es capaz de tratar de cumplir todos los caprichos que ella le pida, aunque ella no se los pida.
Sofía dice ser ruda y Alejandro se considera un poco delicado. Ella corre, baila, estudia, trabaja, ríe, siempre sonríe; y él duerme, come, fuma (generalmente cuando Sofía no le ve), pero también ríe.
Es que Sofía es, para Alejandro, más que una amiga y menos que un amor. Siente que es una gran amistad por la cual daría hasta la vida.

sábado, 7 de abril de 2007

¿Igualado?


Salí a las seis y media de la tarde de mi casa con rumbo a la universidad para asistir a un concierto de música clásica. Cuando subí al carro, éste estaba vacío; pero se llenó rápidamente. El cobrador le decía a los pasajeros lo mismo que todos los cobradores dicen cuando su unidad está llena: “Avancen, por favor. Al fondo hay sitio.” El calor que se sentía dentro del carro era insoportable, para distraerme y no aburrirme decidí leer unas separatas que llevaba en la mochila negra que he empezado a querer extrañamente. Un joven de terno negro, camisa blanca y corbata granate viajaba cerca de la puerta y estorbaba el desplazamiento de los pasajeros. El cobrador le pidió permiso a lo que el pasajero respondió, al parecer disgustado por el calor y el roce constante de las personas en el carro lleno:
-No me digas lo que tengo que hacer. Si sigues dándome órdenes, ahora mismo llamo a un policía y te malogro el negocio.
Entonces empezó una discusión, que me distrajo de la no muy interesante lectura, en la que el chofer y los demás pasajeros trataba de calmar a los protagonistas de ésta. Lo lograron, había cesado la disputa, pero al terminarla, el joven pasajero le dijo al cobrador en un tono despectivo una palabra que creo yo no debería ya existir en ningún idioma: “igualado”.
Mi mente seguía el siguiente monólogo interior:
“¿Igualado? ¿Cómo que igualado? Pero si ellos son iguales ante la ley –o deberían serlo-, ante los demás seres humanos. Este término no debiera existir, ¿cómo es posible que un ser humano le diga igualado a otro? Me decepciona que hayan personas que se crean superiores a otras. La palabra “igualado” no tiene ningún sentido, por lo menos como insulto, porque no existe jerarquía entre los seres humanos, tantos años vociferando frases que aclaman la igualdad entre miembros de nuestra especie –desde la Revolución Francesa- que fueron pasadas por encima por este joven, que cree que por tener un terno limpio y bien planchado es más que el cobrador. Pero, ¿no es una idea anárquica el proponer igualdad, ya que si todos somos iguales, las autoridades no tendrían por qué exigirnos el cumplimiento de ciertas normas? No. Esa es la labor de la autoridad o en todo caso algún jefe en el entorno laboral, el hecho de dar órdenes no les hace superior a los otros. De todos modos, el pasajero está en un gravísimo error al señalar como inferior –lo haya hecho consciente o inconscientemente- al cobrador, ni siquiera el hecho de pagarle el pasaje no lo hace más o menos humano. No puede ser que los hombre no sepamos valorar a los demás como nuestros iguales, este es el problema que nos destruye como especie, la soberbia. Sí, la soberbia humana es la que algunos gobernantes sientan que son superiores a los demás seres humanos y cometan atrocidades con la vida de inocentes. Me da lástima este tipo de personas, como el pasajero, que no saben dar límite a su ego”.

sábado, 24 de marzo de 2007

El silencio absoluto

Era un domingo de junio, y como todos los domingos Alejandro estaba en su cama, ya despierto desde hace un buen rato. Él pensaba en el estrepitoso ruido que producía la música de la casa de su amiga y vecina, su pensamiento se fue desviando hasta que llegó a una determinación que se convirtió en obsesión esquizofrénica: él decidió vivir unos minutos en el silencio absoluto, cueste lo que le cueste.
Lo primero que tenía hacer es deshacerse de la música de su vecina, pero como en otras ocasiones le había pedido que baje el volumen y ella lo que hacías es lo contrario, decidió hacer una pequeña –o talvez no tan pequeña- travesura. Alejandro buscó un alicate, lo encontró y se dirigió a la casa de al lado (donde vivía la mujer que escuchaba esos alaridos que se disfrazaban tras el nombre de canciones). Hizo una maniobra extraña para abrir el medidor de luz y cortó uno de los cables, huyó rápidamente hacia su casa.
Al echarse en el sofá, sintió un sonido, como el de un pequeño martilleo sobre una superficie de metal. Era el goteo del caño sobre la tapa de una olla que el día anterior dejó en el lavabo. Los ojos de Alejandro estaban rojos de ira, la furia que le ocasionaba el no poder alcanzar el silencio total. Nadie sospechaba que un hombre tan calmado y recatado sufría de locura, de rabietas como ésta, de caprichos que cumplía aunque la muerte amenazara con impedírselo. Corrió iracundo para solucionar el problema de la gotera.
“Menos mal que mi casa está en una calle no muy transitada por los carros, además en el centro de este solar, de este manera no me molesta el caos limeño”, pensó.
Alejandro sintió un sonido del reloj de la pared, inmediatamente cogió un libro grueso (uno de los tantos que tenía regados por toda su desordenada casa) y lo aventó contra el reloj, éste cayó y se rompió.
El silencio absoluto parecía haber llegado, cuando tocaron la puerta. Era su vecina, quien le preguntó si había visto a alguien que haya cortado los cables eléctricos de su medidor. Alejandro dijo que había visto a unos muchachos drogados por allí y cerró la puerta de una manera cortante.
Se tumbó nuevamente en el sofá hasta que escuchó el canto de los pajarillos que llegaron a desesperarlo, a desquiciarlo y empezó a destrozar todo lo que veía: los cuadros, los floreros, los ceniceros (que eran muchos), los espejos.
Llorando de rabia sobre aquel sofá, se dio cuenta que podía atenuar su sufrimiento, que no era necesario que el mundo esté en silencio sino que él podía taparse los oídos. “¿Por qué el hombre se complica la vida tratando de cambiar lo demás cuando la satisfacción puede estar en un cambio interno?”, se dijo aliviado. Entonces se metió los dedos meñiques en los oídos pero aún lograba escuchar rastros de algunos sonidos desfigurados, por lo que se hizo unos tapones con plastilina. Ya no le importaba su salud, la esquizofrenia no le permitía ver los peligros de su caprichosa determinación de vivir un instante de silencio absoluto.
Luego de esto, Alejandro se relajó tan profundamente que se sentía la paz, que lo físico era solo una impresión y que lo espiritual primaba en una realidad que el estaba por descubrir; pero empezó a escuchar el sonido de su organismo: su corazón que latía lentamente, su digestión, su respiración. Él aún estaba inconforme, pese a la paz en la que se encontraba. Se levantó del sofá casi inconscientemente, cogió su correa, se la colocó en el cuello y fue ajustándola lentamente, decidió acabar con el ruido desorganizado de su cuerpo.
No escuchó más.

jueves, 8 de marzo de 2007

La belleza de María

Cuando acabó la clase de inglés, me acordé que no tenía dinero para mi pasaje de regreso a casa. “María debe estar en la cafetería, le pediré a ella que me preste un Sol”, pensé. Cuando llegué a la cafetería me di con la sorpresa de no encontrarla allí. “¡Qué extraño!, ¿por qué no habrá venido? Ella casi nunca falta a sus clases de italiano pero ya dejó de asistir a las clases de inglés, aunque desee hacerlo. Lo peor de todo es que me tendré que ir caminando a mi casa”, reflexionaba yo mientras me sentaba en una de las mesas, fastidiado por tener que caminar desde San Isidro hasta Barranco.
En eso llega María con cara de pocos amigos.
-¿Por qué llegaste tarde, amiga? –la saludé afectuosamente, y decidí terminar con tono de broma- hoy te quiero más porque necesito de tu ayuda.
-¿En qué puedo ayudarte?
-Necesito que me prestes un Sol para ir a mi casa.
Sacó un pequeñísimo monedero que tenía en el bolsillo de su pantalón y me dio lo que le pedí.
-¿Qué te pasa? Te veo un poco extraña.
-Me duele la cabeza.
No quise preguntarle la causa del dolor, temía que se disgustase conmigo o que se acuerde del mal rato que le habría sucedido. Además, ella casi siempre llegaba malhumorada y luego se le atenuaba la molestia. No le di mucha importancia.
Llegó a la cafetería mi profesor de inglés, Mr. Carrillo, quien dijo:
-This woman is beautiful but not comes to class.
-She is so beautiful that she would win the contest of EIGER's beauty –contestó Mr. Alfaro, nuestro professor de básico de inglés. María solamente sonrió, al parecer solo había entendido algo del diálogo.
-A ver párate –dijo Mr. Carrillo.
-No, profe –contestó ruborizada mi amiga.
Los profesores se retiraron diciéndome que la inscriba en el concurso, como si yo fuese su representante. Dije que así lo haré sin siquiera saber si existía un concurso de belleza en la academia, pues eso no era importante sino los piropos que había recibido María: ¿En realidad ella los merecía?
Cuando llegaron sus compañeras de su curso de italiano, nos pusimos a conversar. Generalmente yo no intervengo en esas conversaciones, me gusta oír lo que ellas hablan, es muy interesante porque me hacen ver cómo piensan las mujeres. Pero esta vez era distinto, yo no me interesaba en eso sino en lo que habían dicho los “teachers”. Me puse a contemplar a María y a pensar en ella:
“Realmente ella es muy bonita, no sé cómo no me había dado cuenta antes, a pesar que me atrae de cierto modo. Pero, ¿es tan bella como para participar en un concurso? Sí.”
Observé su ordenada cabellera que cae lisamente hasta sus hombros, su fino rostro en el que hay un par de ojos marrones como la caoba, una nariz pequeña un respingada, unos labios delgados que por un momento me dieron ganas de besar. Ella es delgada, con el cuerpo con forma de guitarra. ¡Es realmente preciosa! Es un verdadero espectáculo verla y yo no me había dado cuenta hasta entonces. He aprendido a disfrutar de su presencia, ya no solo por su comportamiento sino también por su físico. Hoy nació la admiración hacia el cuerpo monumental de mi amiga, hacia la estatua humana tallada por inspiración divina de Afrodita, quien debe estar entre llantos de envidia, allá en el Olimpo.

sábado, 3 de marzo de 2007

Perú Collage

Machu Picchu, nacionalismo, el Puente de los Suspiros, el populismo barato, el prodigioso lenguaje de Valle Riestra, Ramón Castilla, el lago Titicaca, el Parque Kennedy, El Comercio, el mar más rico del mundo, los pitucos que cholean y los cholos que pituquean, el antichilenismo, Sendero Luminoso y el MRTA, barras bravas, pirañitas, Haya de la Torre y El Amauta, las playas (desde las de Asia hasta Agua Dulce), Piratas en el Callao, la cordillera de los Andes que es cada vez menos cordillera, los anticuchos, la Papa a la Huancaína, el río Amazonas, Yuyachkani, etnocacerismo, Fujimori, Sacsayhuman, Piérola, Leguía, San Juan de Miraflores y de Lurigancho, Kenji y su perro, las rejas inconstitucionales de algunas calles, la discriminación, César Hildebrandt y su “querida” hermana Martha, los adoradores del Punk de la avenida Quilca, Pachacútec, Bolognesi, el Presbítero Maestro, yo, mi casi amor Samantha, los mantos paracas, Jaime Bayly, Huaraz, los chavín, las muchas catedrales de las muchas plazas de armas, los Baños de Cajamarca, las constituciones que son tantas como los caudillos que pasaron por el Gobierno, Miguelito Barraza, Gonzáles Prada, Vargas Llosa, la avenida Larco, Líbido, la Costa Verde, las Líneas de Nazca, los manglares de Tumbes, la llegada de los circos en fiestas patrias y la creación de seudo-circos (por ejemplo: el circo de la Paisana Jacinta, de Recargados de Risa y muchos más que exhiben a artistas de ciertos programas televisivos), los cómicos ambulantes, las estatuas humanas, el cuenta cuentos, el Perreo Chacalonero, el loco Achote, el Caballo Loco, Laura Bozzo y su mantenido, el tradicionalista Ricardo Palma, Toledo, Punta Sal, los marcianos de fruta, los “bricheros”, las tiendas de ropa de Gamarra, Puno y el contrabando, las mazamorras, el Ajá, la Chuchi, el Chuculún, el atardecer de Barranco, Marco Aurelio Denegri, la heroica Tacna, el Misti, el By-Pass de la Avenida Arequipa, el Centro Cívico, Polvos Azules, Larcomar, los piratas, Iván Thays, los cambios de guardia al medio día en la Plaza Mayor, el Pisco Sour, Chacalón, la vicuña, el árbol de la quina, la cornucopia, la hoja de coca (para bien o para mal), Juan Diego Flores, el tamal, el Parque Nacional del Manu, el doctor Fernando Maestre, el cuy, los bañistas puercos del litoral, los baches en las pistas de La Victoria, el Tenis Club, la “Urraca”, Alianza Lima, el celebérrimo Bryce, la sagrada –como decía un profesor que tuve- la sagrada San Marcos, el resucitado Deportivo Municipal, la coqueta alienación, el padre de los Humala, el grisáceo cielo limeño, el Rocoto Relleno, los ashánincas, Miguel Grau, la Virgen de la Candelaria, el Congreso y/o el Parque de las Leyendas, Genaro Delgado Parker, Yanacocha, los perros “calatos”, el “Gordo” Gonzáles, las Fuerzas Armadas (que en realidad están desarmadas), Raúl Vargas, el canal 7, Tula Rodríguez, el Pastoruri, la ciudadela de Kuélap, Hipólito Unanue, Gianmarco, los valsecitos criollos, el Río Rímac, las trabajadoras nocturnas de la Calle Caylloma, las incontables guerras civiles, los abusos a los indígenas, el humo de la Avenida Abancay, las combis asesinas, Universitario de Deportes, Carlos Álvarez, Velasco Alvarado, el VRAE, la Universidad San Martín, la elocuencia de el “Puma” Carranza, la Católica, el Almenara y el Rebagliati, Abraham Valdelomar, las alturas de Pasco, “Misterio”, Morales Bermúdez, Clorinda Matto de Turner, los olvidados, Vallejo, Vallejo y mil veces Vallejo.

miércoles, 21 de febrero de 2007

El señor Pedro

No hay tarde de sábado en el que el señor Pedro salga de su casa con dirección a los lugares más románticos de Barranco para encontrarse con el pasado. Este sábado llega ido de la realidad al mirador para observar el sol que se hunde en el mar matizando de bellos colores el cielo limeño y recuerda con melancolía aquellos besos robados a su esposa –ahora ausente- en aquel lugar.
Su mujer viajó a España hace dos años por motivos de trabajo. Ella es la heroína del señor Pedro, la admira, esa mujer se alejó de él y a sus dos hijos para darles un futuro mejor. Ella había dejado los sentimentalismos de lado y se alejó de los seres que más quiere para mejorar sus vidas.
Mientras camina cabizbajo y lentamente sobre el Puente de los Suspiros, el señor Pedro, extraña a su mujer, hace sonar sus pasos con sus zapatos de cuero fino en la madera del puente que es testigo de dichas y desdichas por causa del amor, el señor Pedro levanta su cabeza y ve a la señora que vende rosas para las parejas y que le vendía rosas a él durante los años en que estaba con su esposa. Su mirada es simple, sombría y triste, y generalmente va acompañada de un suspiro. Sube las escaleras que hay camino haciaParque Municipal. Se dirige a la iglesia Santísima Cruz para buscar a un dios que parece estar castigándolo. Mira al Cristo que está detrás del altar, llora por dentro. Llora y no sabe si es por felicidad o tristeza.
Sale de la iglesia hacia el parque, ya es de noche y mira el cielo, que estaba más oscuro y más estrellado, con sus ojos brillantes y pequeños. El frescor le entraba hasta el alma.
Al llegar a su casa es feliz, se siente otra vez en el mundo terrenal, regresa al presente, ama a sus hijos, vuelve a su estado original o finge volver a él. Abraza a su hijo que tendrá que rendir el examen de admisión para obtener una vacante para estudiar en la UNI, le dice que no debe perder la tranquilidad, que lo hará bien. Entonces suena el teléfono, inmediatamente contesta el señor Pedro:
-¿Alo?
-Hola, Pedro –es su mujer- ¿cómo estás?
-Bien, todos bien, no te preocupes.
Hablaron cinco minutos antes de llamar a su hijo: “Jorge, ven, tu mamá quiere hablar contigo”. El joven acudió velozmente y se apodero del teléfono. El señor Pedro se sentó en el mueble y fue abrazado por su cariñosa hija. Su cuerpo sonreía y su alma lloraba.

lunes, 19 de febrero de 2007

Un vistazo hacia atrás


Mi infancia fue dulce, serena, triste, pero a diferencia de Valdelomar, no fue sola. Tuve amiguitos que ya no son muy amigos míos, no porque yo los haya echado de mi vida sino porque ellos decidieron explorar otros círculos amicales, pero a pesar de todo no los extraño mucho.
Esta etapa de mi vida la recuerdo por los gritos, los llantos, las risas, los juegos entrañables, las peleas por ganar en estos, las carreras que generalmente se hacían tras mencionar cierta frase sin sentido (por ejemplo: “el último que llega a tal sitio se come la caca de King Kong.”), los cuentos de terror inventados cuando la noche nos cubría, las pesadillas que éstos ocasionaban, las caricaturas de las mañanas, los partidos de fútbol, e infinitas cosas más.
Una de las travesuras que me acuerdo es cuando le di a una amiga unas curiosas galletitas. Ella se las comía rápidamente mientras manifestaba lo deliciosa que estaban. Me preguntó dónde las había comprado y le dije:
-En la tienda de Denisse –respondí con una sonrisa que al parecer ella creía sospechosa.
-¿Cuánto cuesta la bolsita?
-Cinco soles con cincuenta céntimos.
-¡Tan caro! ¿Y cómo se llaman las galletas?
-Se llaman galletas, pues –dije yo esperando a que se termine de comérselas.
-¡Ah, idiota! –me reprochó- lo que quiero saber es cómo las pido, qué le digo a la señora que atiende para que me las dé.
-¿Te gustaron?
-Sí
-Le dices a la señora que te despache medio kilo de Pedigree (una marca conocida de comida para perros).
Ella escupió estrepitosamente, casi vomita pero se aguantó y se fue llorando a su casa después de gritarme: “¡Estúpido!” . La crueldad es una de las características más representativas de la niñez y yo fui sumamente cruel. Por otra parte, los rencores son efímeros en esta etapa, gracias a ello aún puedo contar con esa amiga.
Eran pues los tiempos en que la imaginación estaba en su florecimiento pleno, en que jugaba a la guerrita con rifles que no son más que palos de madera y pistolas hechas con dos dedos, con las zapatillas rotas que fingían ser botines de soldado ; época en la que me echaba en el suelo para ver los distintos disfraces que lucían las nubes, toda clase de figuras que dibujaba el viento en el cielo de verano. Con mi niñez se fue la asombrosa imaginación (tan asombrosa que se confundía con locura) que solía tener. Se fueron los monstruos que me asustaban en la noche, huyeron de los superhéroes que me rescataban de ellos: aquéllos huyeron y éstos los persiguieron, ambos bandos me abandonaron.

jueves, 8 de febrero de 2007

Cerdos en las playas

Miguel se gana algunos soles vendiendo botellas que busca en las playas de Barranco a los recicladores. El sábado decidí ir con él para ayudarlo. Eran a las cuatro y media aproximadamente. Solo en el camino habíamos recogido como diez botellas. Llegamos a la playa y estaba repleta de bañistas pero Miguel me dijo que no había mucha gente como en otros días. El agua estaba turbia, marrón, inmunda y con un olor nauseabundo, digna de las personas que la ensuciaban. La playa se estaba quedando solitaria. Podíamos distinguir dónde se habían instalado las sombrillas; los rastros de desperdicios de comida en estado de descomposición, papeles, botellas (lo que necesitaba Miguel), cáscaras, excremento... a pesar que el lugar no estaba tan lleno como me lo dijo mi amigo.
Regresamos con un saco y cuatro bolsas llenos de botellas, la mayoría las cogimos de la arena, lo que quiere decir que los bañistas no eran capaces de llevar los desperdicios a los abundantes cilindros de basura que habían en las playas.
¿Cómo es posible que aquellas personas prefieran estar soleándose al lado de la basura en lugar de caminar unos pocos metros? Si no quieren que las playas estén limpias por su salud, menos van a querer hacerlo para atenuar el daño que le hace la humanidad a las diferentes especies que se perjudican con la contaminación ambiental. ¿Cómo mostrarles que contaminando el mar están atacando directamente fitoplancton, que es la base de la cadena alimenticia, además de ser (el fitoplancton) el responsable de la generación del 98% del oxígeno de la atmósfera?
Esta contaminación es la causa de las lluvias ácidas que deterioran los campos de cultivo y que también generan enfermedades a la piel. Por otro lado, las especias marinas (que son muy variadas en nuestro mar) mueren o se van de los lugares contaminados afectando a la economía del país.
Con este texto trato de hacer una exhortación a esos seres que se dicen racionales (a la humanidad en general), que parecen sentirse bien bañándose en aguas con restos fecales, a que no ensucien las playas; que lo hagan por sus hijos y nietos que heredarán -si esto sigue así- un planeta lleno de basura y enfermedades, con climas realmente cálidos por la afección de la capa de ozono –si es que la Tierra aún existe-.

La caída de mi ego

Ella es bella. Es una mujer relativamente alta (la relatividad está en que creo que es más alta que yo); de cabellera larga, lacia y pintada; de piel clara; ojos pequeños y claros; nariz fina, como el de una princesa; su boca parece un fresa; tiene unos senos redondos, no muy abultados; y unas piernas perfectas que casi siempre exhibe.
Estaba sentada al otro lado de la mesa, en la silla de enfrente. “Es preciosa pero vacía en lo que concierne al intelecto, cualidad digna de una reina de belleza –pensaba yo mientras la miraba- esta mañana está más bonita que de lo costumbre”.
-Jaime, ¿tienes enamorada? –me preguntó.
-No, ¿por qué? –le dije con un tono picaresco.
-Solo preguntaba.
-Pero has tenido, ¿verdad?
-Sí –respondí extrañado por aquel cuestionario. Pensé que preguntaba por curiosidad, pues ella casi siempre hablaba de lo que le sucedía a diario y supuse que se sentía en derecho de saber algo de sobre mi vida.
-¿Cuántas?
-Solo una.
-¿Por qué terminaste con ella?
-Porque nunca la quise.
-Si no la querías, ¿por qué estuviste con ella?
-Para probar.
-¿Para probar? Una relación no es para probar, si dos personas deciden estar juntos es porque se quieren. Me parece que le has hecho un gran daño a esa mujer mintiéndole de ese modo.
Increíblemente esa mujer estaba dándome lecciones acerca de las relaciones de pareja. No quería aceptar que ella supiera más que yo.
-Es que no supe decirle que no cuando me pidió para estar conmigo –dije yo tratando de defenderme y quedar como un héroe que se sacrificó por la felicidad de su amiga al fingir que la amaba.
-Pero la mentira se hizo cada vez más grande y el daño fue creciendo –me sentí otra vez humillado por aquella mujer que subestimaba.
-Y tú, ¿cuánto tiempo tienes con tu enamorado?
-Con mi “amoshi” llevo casi tres años.
-¡Qué aburrido! –dije, quizás con envidia.
-Es aburrido si todos los días es lo mismo, pero mi relación no es monótona, cada día hay una sorpresa nueva. De este modo, jamás me aburriré de estar con él.
Hubo un breve silencio en el cual pensé: “Es imposible que esta mujer que yo creo que le falta cerebro me esté dando una lección acerca del amor”. Estaba lleno de cólera y orgullo.
-¿Piensas casarte? –le pregunté buscando algún error en su respuesta.
-Me gustaría pero no soy nada. Primero debo ser algo en esta vida y luego me caso y tendré mis hijos.
-¿Hijos? –respondí irónicamente.
-Sí, ¿a ti no te gustan los niños?
-No, no me gustan, los detesto, los odio –dije sin saber qué es lo que pasaba por su cabeza.
-¿Por qué odias a los niños? Será que hay alguien que te haya odiado cuando eras niño –al decir esto sonrió mostrando su perfecta dentadura.
Me sentí un gusano por haber subestimado a esa mujer que ahora me estaba revolcando en un tema totalmente desconocido empíricamente por mí: el amor. Nunca debí minimizar la capacidad mental de esta mujer.
-Es que soy un niño, un niño no puede querer a otro como a un hijo, soy muy inmaduro –dije a modo de autodestrucción, como cuando un moribundo pide a gritos la eutanasia.
-Si te quisieras un poco, tratarías de crecer mentalmente. Por lo menos eres conciente de tu actitud infantil –dio la estocada final.
En menos de cinco minutos ella me había desbaratado el autoestima, ha matado la altivez con la que la miraba. Me hizo tragar mi altanería y me dio un golpe en el alma, me humilló.

jueves, 1 de febrero de 2007

La tía María

Mi tío (el hijo de la protagonista de este texto) que vive cerca de mi casa, vino a decirle a mi mamá que había llegado un primo de ella llamado Miguel, al que no veían hace muchos años. Mi madre fue a verlo y al rato regresó para llevarnos a mí y a mis hermanos a conocer al visitante. Era un señor de unos cincuenta años de edad, simpático, con la piel un poco arrugada, ojos pequeños, con una sonrisa incompleta y unas gafas antiguas.
En aquella casa vive la tía María -que en realidad es mi tía abuela-, una anciana de ochenta y nueve años a la que no había visto en mucho tiempo porque yo sabía que estaba cerca y por eso no la extrañaba.Cuando yo pasaba cerca a su puerta y yo la veía, la saludaba; pero ya no sale. La tía María estaba callada, con la mirada fija en un lugar, parecía que estaba intentando concentrarse en la conversación de las otras personas que se hallaban en la habitación. En el momento en que mi mamá mencionó mi nombre para presentarme a mi tío, ella movió la cabecita y dijo con desesperación:
-¿Está acá mi Jaimito?
En mi mente me preguntaba por qué había pronunciado esta frase ¿acaso no me ha visto? Me le acerqué, me senté a su lado, le toqué las manos y, mientras el resto seguía con su conversación, la tía María me dijo:
-Hola, hijito. ¡Éste es mi Jaimito! ¡Cómo ha crecido este muchacho! –hablaba mientras me acariciaba- ¿Ya acabaste la el colegio?
-Sí, hace dos años. –dije.
-Ya estoy para la otra, –se quejaba- estoy vieja y ciega. Hace tiempo que no sé nada de ti. Pero,¿cómo voy a saber de ti si ya no salgo de esta maldita casa que será testigo de mi muerte. ¿Y qué estás haciendo?
-Voy a estudiar en San Marcos, ya ingresé.
-Tú siempre has sido chanconcito. Aprovecha tu juventud. Yo no sabía lo que quería decir con esta frase: ¿tengo que aprovechar mi juventud estudiando o lo contrario, que no estudie tanto y que disfrute esta etapa de la vida? -Así lo haré, tía -dije sin saber qué respondía.
A su lado había una mesita cuadrada de madera, sobre la cual había una taza de plástico amarilla. Esa tacita gastada por el tiempo me hizo recordar pasajes de mi niñez. Ella siempre tomaba agua en ese recipiente y al parecer lo seguía haciendo.
Mis padres me llevaban a la casa de la tía María cuando se iban a trabajar, pues yo no tenía aún edad para quedarme solo. Me mandaban unos envases con mi comida. Esa casa, ahora muy distinta, era como mi segundo hogar. Ella no aguantaba que haga travesuras. Siempre decía: "Le voy a decir a tu papá, no hagas eso", pero nunca se quejó ante ellos. Me regalaba pan y dulces, me engreía, ella era la responsable de mi obesidad infantil.
Ahora estaba postrada en un sofá, con los ojos inútiles, escuálida, pálida, con la piel holgada, esperando que la muerte le de la paz que tanto alivia a los ancianos, quejándose de insomnio. Los años la habían maltratado cruelmente. Era una escena triste, ella aún me abrazaba y por su arrugada mejilla se deslizaba una lágrima solitaria.