Está demostrado que la presencia o ausencia de ciertas hormonas en el organismo pueden determinar nuestro estado de ánimo. La menopausia, que es el periodo en el que la producción de hormonas femeninas disminuye y luego llegan a desaparecer, puede ocasionarle a la mujer nerviosismo, cambio repentino de humor, depresión, etc. La libido despierta el deseo sexual. La adrenalina, hormona secretada por las glándulas suprarrenales, nos hace sentir, valga la redundancia, con adrenalina. Incluso el amor es causado por una hormona llamada oxitocina, según el doctor Gareth Leng (de la universidad de Edimburgo, en Escocia).
Tras la destitución de Cupido, que al parecer se ganaba los honores sin hacer nada, solo me queda suponer que los animales (incluyendo al hombre) somos simplemente un organismo mecánico y que talvez, en un futuro no muy lejano, podremos clonar personas con los sentimientos que quisiéramos, ya que éstos son solamente sustancias que reaccionan en nuestro interior. También se podría manipular los sentimientos de las personas con inyectarles algunas de estas hormonas. Y no sería tan descabellado mencionar en una conversación una frase como la siguiente: “Quiero enamorarme, para ello tengo que comprarme una cápsula de tal o cual pastilla”.
¿Y el amor hacia los hijos? Parece que este tipo de amor solo se deben al incremento de la oxitocina (como sucede con los ratones estudiados por el doctor Leng) y podrían disminuir con un catalizador.
¿Y qué hay del amor a Dios? ¿Estarán las religiones preparadas para aceptar una noticia de este calibre, que sostiene que el amor a Dios no sería por convicción sino por la presencia de una hormona?
Tras la destitución de Cupido, que al parecer se ganaba los honores sin hacer nada, solo me queda suponer que los animales (incluyendo al hombre) somos simplemente un organismo mecánico y que talvez, en un futuro no muy lejano, podremos clonar personas con los sentimientos que quisiéramos, ya que éstos son solamente sustancias que reaccionan en nuestro interior. También se podría manipular los sentimientos de las personas con inyectarles algunas de estas hormonas. Y no sería tan descabellado mencionar en una conversación una frase como la siguiente: “Quiero enamorarme, para ello tengo que comprarme una cápsula de tal o cual pastilla”.
¿Y el amor hacia los hijos? Parece que este tipo de amor solo se deben al incremento de la oxitocina (como sucede con los ratones estudiados por el doctor Leng) y podrían disminuir con un catalizador.
¿Y qué hay del amor a Dios? ¿Estarán las religiones preparadas para aceptar una noticia de este calibre, que sostiene que el amor a Dios no sería por convicción sino por la presencia de una hormona?
Pero este descubrimiento no solo trae problemas sino nos muestra la posibilidad de investigar cosas como la naturaleza destructiva y autodestructiva del hombre, la cual podría tratarse de un exceso de alguna reacción química en nuestro sistema nervioso contra la que podamos combatir otra hormona.
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