viernes, 19 de enero de 2007

Lo bueno de lo malo

Ayer fue el 472 aniversario de la fundación española de la capital del Perú. Era un buen pretexto para ir a caminar por el Centro de Lima y de paso escapar de la rutinaria vida de la que me quejo (aunque yo la haya moldeado de ese modo). La ciudad tenía una cantidad impresionante de visitantes. Se podían encontrar pasacalles, ferias de dulces y platillos criollos, escenificaciones de la fundación, bares repletos, músicos, cantantes, payasos, pintores; todo para homenajearla.
Lima fue fundada por Francisco Pizarro el lunes 18 de enero de 1535. Estas tierras fueron, antes de la llegada de los españoles, territorio de varias culturas precolombinas como Chavín, Maranga, Pachacámac, Wari, entre otras.
Cuando los invasores europeos se instalaron en Lima, la convirtieron en el centro político, económico y administrativo del Virreinato, cuya nobleza tenían lujosos solares con hermosos balcones de madera tallada que hasta hoy adornan esta ciudad. Y desde en uno de estos balcones, el general argentino José de San Martín proclamó la independencia del Perú.
Durante gran parte de la etapa republicana se le llamó a Lima “La Ciudad Jardín” por los bellos jardines y parques que tenía; sin embargo, ahora se le puede denominar “Lima, la gris” por la contaminación de la misma.
Actualmente, nuestra capital es un lugar anhelado por los turistas gracias a sus acogedores distritos como el heroico Chorrillos; Barranco, el distrito que pare intelectuales y artistas; Surco y sus viñedos; el residencial San Isidro; San Juan de Lurigancho, el más poblado del Perú; el Rímac y la representativa Alameda de los Descalzos; Villa El Salvador, que es el desierto convertido en ciudad; el Cercado con sus construcciones virreinales; y un largo etcétera.
No podía dejar de mencionar a la cocina limeña. ¿Quién no se ha comido alguna vez una mazamorra morada sin quedar extasiado con el sabor de dicho postre? ¿Quién no ha suspirado al comerse un suspiro limeño? ¿Y los picarones, los anticuchos, las butifarras? Sin duda, vivir en Lima es una incitación a la gula.
Escribir a cerca de Lima genera un sentimiento fascinante, el más extraño de todos, ya que es una ciudad de la que se le puede atribuir los mejores elogios y, a la vez, las peores críticas.

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