lunes, 22 de enero de 2007

Te volví a mentir, Samantha

Aquel miércoles salí de mi casa con la ilusión de reencontrarme con Samantha después de mucho tiempo. Habíamos acordado en encontrarnos en el óvalo de Miraflores, por el Mc Donald, a las cuatro de la tarde.
Íbamos a gastarnos cien soles que yo supuestamente me había encontrado, lo cual era una mentira más que decía en mi falsa vida: “No tengo con quien gastarme el dinero, quisiera que fuese contigo”, un buen pretexto para salir con ella, después de tanta insistencia mía, aceptó. No sabía cómo decirle que no hay dinero, que la hice ir Miraflores en vano. Sin embargo, ese problema se solucionó de una manera utópica y extraña: en el asiento del carro en el que iba a la cita me encontré cien soles. Este hecho me sorprendió mucho.
Yo llegué seis minutos tarde pero ella aún no aparecía y tuve que esperarla. Sentía un poco de temor al reencuentro. Creo que es natural, no nos habíamos visto en más de un año y no tenemos temas en común como para mantener una conversación.
“¿Se habrá olvidado del compromiso? –pensaba yo- Es casi comprensible porque el acuerdo fue realizado una semana antes y yo de repente también me hubiese olvidado. O talvez es una venganza del destino por haber dejado de asistir a jugar tenis con unos amigos con los que me comprometí.”
Era ya a las cuatro y veinte y yo me estaba impacientando pero decidí darle excusas a su demora:
“Ya vendrá, no es la primera vez que una mujer hace esperar a un hombre. Es lo normal, sino no sería una mujer”.
Me compré un par de cajetillas de cigarrillos y empecé a fumar al lado de bote de basura que está en el paradero al frente del Mc Donald. Había una cola enorme en la caja de dicho restaurante cuyos integrantes me miraban como diciendo: “Allí hay otro hombre esperando a una mujer. ¡Pobre! Ya lo dejaron plantado.” Ante tales miradas me ruboricé y me retiré unos metros de allí. “Pero yo cumplí con venir, no debo sentirme mal por eso.” Aún así no me atreví a volver al lado de la basura hasta que la cola sea renovada con otras personas.
A medida que el tiempo avanzaba yo me impacientaba más. Miraba cada minuto mi celular para ver la hora. Cada minuto era larguísimo y parecían burlarse de mí: cinco de la tarde, cinco y uno, cinco y dos... “Ya no creo que venga, de repente había salido a otro lugar con su enamorado –mi ira iba creciendo- pero me hubiera escrito un mensaje.”
Mi mente estaba muy acelerada a las cinco y cuarto puesto que ya me había fumado una cajetilla y media de cigarrillos. Seguía esperando. “Le voy a mandaré un correo electrónico diciéndole: 'Me gasté el dinero con una puta, es lo mismo'. Se molestará como a mí me molesta su ausencia".
“Lo que pasa es que no le interesa, por eso no ha venido. Yo estoy esperando como un idiota a una amiga que se está riendo de mí en su casa.”
En la pista opuesta bajó del carro una mujer de poca estatura, cabellera larga y negra, mejillas rosadas, cuerpo delgado y bien formado. “Es ella. Son a las cinco y media, y mi paciencia se fue con el humo de los cigarrillos. Es hora de volcarle toda mi fastidio. ¿Si tardó porque le sucedió algo? No, ella lo ha hecho por fastidiarme, lo hace simplemente por joder. Pero si le digo eso se podría ponerse a llorar. Se lo merece por impuntual”. Mi mente era estaba enloquecida. Yo tenía miedo de mi reacción cuando ella llegué a este lado de la pista. Samantha se acercaba sin ningún apuro, parecía sentirse bien con lo que ha hecho, mientras yo ardía de rabia. La mujer estaba a diez metros de mí y me di cuenta que no era Samantha. Estaba impresionado con el parecido de esa mujer con mi amiga, estuve a punto de gritarle a una extraña. ¿Qué hubiera pasado si le gritaba a esa mujer?
Compré una tarjeta de diez soles para ponerle crédito a mi celular: los “mensajes misios” no expresaban lo que yo quería decirle a Samantha y yo quería decirle muchas cosas a esa mujer que yo maldecía tanto.
Decidí no ser muy agresivo, en realidad no fui nada agresivo, lo último que quiero en esta vida es perder su amistad. Talvez porque ella sabe cosas de mí que nadie sabe. Es la persona con la que más disfruto chatear. Mi vida es un libro cerrado que le doy a leer a ella. Le cuento algo de mí y ella me cuenta algo de su vida. Solamente esa tarde quería reírme con ella como lo hacía hace más de un año, reír sin ninguna razón, solamente con vernos a la cara bastaba para morirnos de risa. Aquellos tiempos sucedía así, parecíamos un par de locos –o lo éramos-. Me puse a recordar en los momentos vividos con Samantha y simplemente me atrví a mandarle un mensaje que decía: “¿Me puedo ir a mi casa o quieres que te siga esperando?”. Solo quería que me conteste el mensaje o que me llame. Soy muy orgulloso y en ese momento me satisfacía que me pida disculpas por no haber cumplido con ir a Miraflores. Esperé la respuesta que jamás llegó. Le mandé otro mensaje: “No te preocupes, ya decidí”. Regresé a mi casa.
No volví a saber de ella hasta hoy que estuvo en línea. “Ahora te haré sentir como una basura, me toca golpear a mí”. La saludé y le pregunté sutilmente porqué no había ido. Me dijo que estaba de viaje, no sé si creerle. Le volvía a mentir y, para que no se sienta mal, le dije que intuí que no iba a ir y yo tampoco fui, los mensajes eran para cerciorarme que ella no había asistido (no sé si me creyó). No sé porque cambié de opinión tan rápidamente, yo estaba tan entusiasmado con hacerle sentir mal, al contrario, yo tenía que pedirle disculpas por mandarle esos mensajes que supuestamente no mereció. Ella me perdonó (en realidad no le molestó el suceso, Samantha jamás se ha molestado conmigo), sin saber que por dentro me explotaba el corazón de rabia.
¿Por qué no quise que ella se sintiera mal si lo merecía? ¿Quién dice que pensar en los demás es una virtud? A veces pienso que ese es un maldito defecto que solo lo tienen aquellos que no se quieren a sí mismos.
Samantha, si llegas a leer este texto y te sientes una basura, no me importa, te lo mereces; pero deseo con toda el alma que no sea así.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario